Bruce Nauman, California,1941.



miércoles, 1 de octubre de 2008

LETRAS/ La prosa tersa y evocadora de Isak Dinesen

Una cálida voz femenina leyendo de forma sencilla y pausada ha flotado en la habitación. Proviene de Radio Clásica, la emisora pública que suele trasmitir sólo música.Pero también parece música, es un texto de Memorias de África de Isak Dinesen, la Baronesa Blixen, de su prosa con una capacidad prodigiosa para crear imágenes llenas de belleza, sentido y emoción. Se ha podido ver  la estupenda película que sobre el libro dirigió  Sydney Pollack, pero leer el libro es otra cosa.Y dejar fluir  la prosa de Isak Dinesen, siempre, es una fuente de conocimiento y placer.Quien haya leído cualquier obra de Isak Dinesen conoce su capacidad fabuladora, su nervio narrativo y su calidad literaria. A través de la emisora podía sonar  así:


"Hace años había en Amsterdam una familia -puede que aún esté allí-, que aunque pertenecía a la burguesía, sobrepasaba a todas las demás en honestidad y rectitud."O:
"Una vieja dama contó esta historia:
Hace ciento veinte años -empezó-. mi historia se contó sola, empleando en ello más tiempo del que ni vosotros ni yo podemos concederle, y con multitudde detalles y pormenores que nosotros no podemos abrigar la esperanza de conocer jamás..." O:
"Vivía en Shiraz un joven estudiante de teología llamado Saufe que era sumamente inteligente y de corazón puro. Leyendo y releyendo el Corán llegó...". O la preferida de muchos:
"En Noruega hay un fiordo -o brazo de mar largo y estrecho entre altas montañas- llamado de Berlevaagal pie de las montañas, el pequeño pueblecito de Berlevaag parece de juguete, una construcción de pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros colores..."
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En el último ejemplo estaríamos oyendo El festin de Babette, pero en cualquiera de los casos presentados y otros muchos, estaríamos siguiendo el hilo de alguien que tenía el don de Sherezade,tomar el cabo de una historia y tirando de él suavemente envolver en él al oyente/lector,sumergiéndole en lo narrado y suspendiendo el tiempo.

Pero la historia que hoy era ésta:

FARAH Y EL MERCADER DE VENECIA

" Una vez un amigo me escribió desde mi país y me describía una nueva escenificación de El Mercader de Venecia. Por la tarde leí la carta una y otra vez, la obra fue adquiriendo vida para mí y me parecía que llenaba la casa, así que llamé a Farah para hablar con él y explicarle el argumento de la comedia.

A Farah, como a todas las personas de sangre africana, le gustaba escuchar un cuento, pero sólo cuando estaba seguro de que él y yo estábamos solos en la casa consentía en escucharlo. Yo narraba y él escuchaba, cuando los sirvientes habían vuelto a sus cabañas y cualquiera que anduviera por la granja, mirando por las ventanas, hubiera creído que estábamos discutiendo asuntos domésticos, Farah inmóvil de pie, al otro lado de la mesa, con sus graves ojos en mi rostro.

Farah siguió atentamente los asuntos de Antonio, Bassanio y Shylock. Era un asunto grande y complicado, de algún modo al margen de la ley, algo muy real para un somalí. Me hizo una o dos preguntas sobre la cláusula de la libra de carne; estaba claro que le parecía un trato excéntrico, pero no imposible; los hombres podían dedicarse a ese tipo de cosas. Y aquí la historia comenzaba a oler a sangre, su interés creció. Cuando Portia apareció en escena aguzó los oídos; me imagino que la veía como a una mujer de su propia tribu, Fátima, con todas las velas desplegadas, hábil e insinuante, más lista que cualquier hombre. Las gentes de color no toman partido en un cuento, el interés para ellos reside en lo ingenioso de la trama; y los somalíes, que en la vida real tienen un sólido sentido de los valores y un don de indignación moral, se olvidan de eso en las ficciones. Las simpatías de Farah estaban con Shylock, que prestaba el dinero; le repugnaba su derrota.
- ¿Cómo?-dijo-.¿Por qué renunció el judío a su exigencia? No debía haberlo hecho. Le debían la carne, era muy poca para tanto dinero.
-¿Pero qué otra cosa podía hacer -le pregunté- cuando no podía derramar ni una sola gota de sangre?
-Memsahib -dijo Farah-, podía haber usado un cuchillo al rojo vivo. Así no sale sangre.
-Pero -le dije- no le permitían tomar más que una libra, ni más ni menos.
-Y qué dijo Farah-, ¿se asustaría por eso precisamnete un judío? Podía haber ido cogiendo pedacitos cada vez, con una balanza pequeña en la mano para ir pesando, hasta que tuviera justamente una libra. ¿Es que el judío no tenía amigos que le aconsejaran?

Dije:
-Sí, pero en el cuento el judío renuncia.
-Sí, pero fue una gran lástima -dijo Farah."




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