Bruce Nauman, California,1941.



lunes, 23 de marzo de 2009

ANTON CHÉJOV / un cuento y su poema

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La escritura de Antón Chéjov (1860-1904) es recogida, concentrada e intensa, como la poesía, como la música de cámara. De sus narraciones  dice Máximo GORKI:
"Al leer los cuentos de Chéjov uno parece sumergido en un día triste de finales de otoño, cuando el aire es tan transparente y en él se recortan con punzante nitidez los árboles desnudos, los estrechos edificios, la masa gris de la muchedumbre. Todo es tan extraño, tan solitario, inmóvil y desamparado. Las profundas lejanías azuladas, desiertas, fundiéndose con el pálido cielo, soplan con un frío angustioso sobre la tierra cubierta de suciedad helada. La mente del autor, como un sol de otoño, ilumina con despiadada claridad los destrozados caminos, las retorcidas calles, las sucias y apretujadas casas en las que se ahogan de aburrimiento y pereza unos seres pequeños y desgraciados llenando sus casas de un insensato y soñoliento bullicio."
En otro momento, Gorki, habla de su humor sutil y compasivo...


                                                                       ***
Tristeza (1886)


Crepúsculo vespertino. Gruesos y húmedos copos giran perezosos alrededor de los faroles recién encendidos, cubriendo de una delgada y blanca capa los tejados, los lomos de los caballos, los hombros y las gorras.El cochero Iona Potápov, tan blanco como un fantasma, encorvado hasta donde puede hacerlo un ser humano, está sentado inmóvil en el pescante. Se diría que, aunque le cayera encima una montonera de nieve, no le parecería necesario sacudirse...Su caballejo también está parado y cubierto de nieve.. Su inmovilidad, sus formas angulosas y sus patas rígidas como bastones lo hacen semejante,incluso de cerca, a uno de esos caballitos de bizcocho que cuestan un kopek. Es muy probable que esté sumido en sus propios pensamientos. ¿Cómo no va a meditar quien ha sido arrancado del arado, de los paisajes grises y familiares, y arrojado en medio de ese remolino lleno de luces monstruosas, ruidos incesantes y gentes apresuradas...? 

Hace ya tiempo que Iona y su caballejo no se mueven de su sitio. Salieron antes de la comida, pero aún no se han estrenado. Sobre la ciudad cae ya la penumbra de la noche. La palidez de los faroles cede su lugar a un color más vivo y el ajetreo de la calle se hace más intenso. 
-¡Cochero, a Viborg! -oye Iona-, ¡Cochero! 
Iona se estremece y, a través de sus pestañas sepultadas por la nieve, ve a un militar con capote y capucha. 
-¡A Viborg! -repite el militar-. ¿Duermes o qué? ¡A Voborg! 
En señal de asentimiento Iona sacude las riendas, y ese movimiento hace caer del lomo del caballo y de sus propios hombros una capa de nieve...El militar se sienta en el trineo. El cochero chasquea los labios, extiende el cuello a la manera de una cisne, se incorpora y, más por costumbre que por necesidad, blande el látigo. El caballejo también extiende el cuello, tuerce sus patas rígidas como bastones e inicia la marcha con paso vacilante... 
-¿A dónde vas, mastuerzo? -gritan al punto algunas voces en la oscura masa que se mueve a un lado y a otro-.¿Dónde te metes? ¡Conserva la derecha! 
-¡No sabes conducir! ¡Conserva la derecha! 




Un cochero le insulta desde lo alto de su berlina; un peatón, cuyo hombro tropieza con el hocico del caballejo al atravesar la calle, le dedica una mirada furibunda y se sacude la nieve de la manga. Iona se agita en el pescante como si estuviera sentado sobre alfileres , mueve los codos y dirige a un lado y a otro los ojos aturdidos, como si no comprendiera dónde está y qué hace allí-¡Qué canallas! -ironiza el militar-. Se han puesto de acuerdo para tropezar contigo y meterse debajo de las patas del caballo. Se han confabulado. 
Iona se gira hacia su cliente y mueve los labios...Parece que quiere decir algo, pero de su garganta sólo sale un ronco murmullo. 
-¿Qué? -pregunta el militar. 
Iona esboza una torpe sonrisa, carraspea y comenta con voz gutural: 
-Verá, señor...he perdido a mi hijo esta semana... 
-¡Hum...! ¿Y de qué murió? 
Iona vuelve todo el cuerpo y responde: 
-¡Y quién lo sabe! Probablemente de fiebres...Pasó tres días en el hospital y murió...Es la voluntad de Dios. 
-Échate a un lado, demonios! -grita alguien en medio de la oscuridad-, ¿Es que no tienes ojos en la cara, perro viejo? ¡Mira lo que haces! 
- Vamos, vamos...-dice el pasajero-. A este paso no llegaremos hasta mañana. ¡Más deprisa! 
El cochero vuelve a estirar el cuello, se endereza y blande el látigo con torpe ademán. Luego se gira varias veces hacia su cliente, pero éste ha cerrado los ojos y no muestra el menor interés en escucharlo. Tras dejarlo en Viborg, se detiene junto a una taberna, se encorva en el pescante y de nuevo se queda inmóvil ..La húmeda nieve lo pinta otra vez de blanco, y también a su matalón. Pasa una hora, luego otra...

Por la acera, haciendo ruido con los chanclos y discutiendo pasan tres jóvenes, dos de ellos altos y delgados, el tercero pequeño y jorobado. 
-¡Cochero, al puente de la Policía! -grita con voz trémula el jorobado-. ¡Veinte kopeks por los tres! 
Iona tira de las riendas y chasquea los labios. Veinte kopeks es una cantidad irrisoria, pero poco le importa el precio...Le da lo mismo un rublo que cinco kopeks, con tal de que haya clientes...Los jóvenes se acercan al trineo y trepan al unísono al asiento,empujándose y lanzando improperios. A continuación se ocupan de resolver esta cuestión: ¿quiénes ocuparan los dos asientos y quién irá de pie? Después de largas disputas, caprichos y recriminaciones, deciden que el jorobado, por ser el más pequeño irá de pie. 
-¡Bueno, arranca! -dice con voz temblorosa el jorobado, instalándose detrás y respirando en la nuca de Iona-. ¡Dale al látigo! ¡Vaya gorra que tienes, amigo! No la encontrarías peor en todo Petersburgo... 
-Ji,ji...ji,ji...-se ríe Iona-. Es que tengo... 
-¡Bueno, "es que tengo", más deprisa! ¿Vas a ir así todo el camino? ¿Sí? ¿Quieres que te de un golpe en el cogote...? 
-Me duele la cabeza...-dice uno de los altos-. Ayer, en casa de los Dukmasov, Vaska y yo nos bebimos cuatro botellas de coñac. 
-¡No sé por qué mientes tanto! -se enfada el otro larguirucho-. Mientes como un animal. 
-Que Dios me castigue si no es verdad... 
-¡Tan verdad como que un piojo tose!... 
-Ji,ji -se ríe Iona-. ¡Qué señores tan alegres! 
-¡Por Dios bendito...! -se indigna el jorobado-. ¿Vas a ir más deprisa o no, viejo demonio? ¿Es que se puede llevar este paso? ¡Dale con el látigo! ¡Dale, por todos los diablos!¡Golpéale fuerte! 



Iona siente cómo el cuerpo del jorobado se agita a su espalda y percibe el temblor de su voz. Oye los improperios que le dirigen, mira a los pasajeros y la sensación de soledad poco a poco deja de oprimirle el pecho. El jorobado no para de injuriarle hasta que se atraganta con un insulto interminable, que acaba causándole un acceso de tos. Los altos empiezan a hablar de una tal Nadezhda Petrovna. Iona se vuelve hacia ellos. Aprovechándose de un breve momento de silencio. Se gira de nuevo y balbucea: 
-Esta semana...he perdido a mi hijo. 
-Todos tenemos que morir...-suspira el jorobado, secándose los labios después del ataque de tos-. ¡Bueno, más deprisa,vamos! ¡Señores, decididamente no puedo seguir a este paso! ¿Cuándo llegaremos? 
-¡Dale un golpe en el cogote a ver si se anima! 
-¿Lo has oído viejo del demonio? ¡Te voy a dar un pescozón...! 
¡Como gastáramos ceremonias con vosotros, tendríamos que ir a pie! ¿Me oyes, maldito dragón? ¿O te da igual lo que te dicen? 
Iona más bien oye que siente los sopapos que le caen en la nuca. 
-Ji, ji...-se ríe-. Qué señores tan alegres...¡Qué Dios les de salud! 
-Cochero, ¿estás casado? -pregunta uno de los altos. 
-¿Yo? Ji, ji...¡Qué señores tan alegres! Ahora mi única mujer es la húmeda tierra...Ji, jo, jo...¡Es decir, la tumba...! Mi hijo ha muerto y yo sigo vivo...Qué extraño, la muerte se equivocó de puerta...En lugar de visitarme a mí, se llevó a mi hijo... 
E Iona se gira para relatar cómo murió su hijo, pero en ese momento el jorobado deja escapar un leve suspiro y anuncia que, gracias a Dios, por fin han llegado. Tras recibir los veinte kopeks, Iona se queda mirando largo rato a los juerguistas, que desaparecen en el portal oscuro. De nuevo se queda solo, rodeado por el silencio...Su tristeza, apaciguada por un instante, se desata de nuevo, oprimiendo su pecho con mayor vehemencia. Sus ojos inquietos y doloridos recorren la multitud que discurre a un lado y otro de la calle: ¿no habrá entre esos miles de personas una sola que quiera escucharlo? Pero el gentío avanza sin reparar en su pena...Una pena inmensa, ilimitada. Si su pecho estallara y su tristeza se derramara, acaso inundaría el mundo entero, y, sin embargo, es invisible. Ha sabido alojarse en un cascarón tan insignificante que ni siquiera en pleno día y con un farol podría verse... 

Iona ve a un portero con un paquete y decide entablar conversación con él. 
-¿Qué hora será, amigo? -pregunta. 
-Las nueve pasadas...¿Por qué has parado aquí? ¡Circula! 
Iona se aleja unos pasos, se encorva y se entrega a su pena... 
Considera inútil dirigirse a la gente. Pero no han pasado ni cinco minutos cuando vuelve a enderezarse, sacude la cabeza como si sintiera un agudo dolor y tira de las riendas...No puede más. 
"A la cochera -piensa- ¡A la cochera!" 
Y el matalón, como si hubiera entendido su pensamiento, emprende un ligero trotecillo. Al cabo de hora y media, Iona ya está sentado junto a una estufa grande y sucia. En el poyo, en el suelo y en los bancos roncan varios hombres. Hace un calor sofocante...Iona mira a los durmientes, se rasca y lamenta haber regresado tan temprano... 
"Ni siquiera he sacado para la avena-piensa- .A eso se debe mi tristeza. Un hombre que conoce su oficio...que tiene el estómago lleno y ha dado de comer a su caballo, siempre está tranquilo..." 
En un rincón se levanta un joven cochero, carraspea y se arrastra con aire soñoliento hasta el cubo del agua. 
-¿Tienes sed? -le pregunta Iona 
-¡Ya lo creo! 
-Bueno...A tu salud...He perdido a mi hijo, amigo. ¿No te has enterado? Murió esta semana en el hospital...¡Menuda historia! 
Iona trata de observar el efecto producido por sus palabras, pero no ve nada. El joven se ha tapado la cabeza con la manta y se ha quedado dormido. El viejo suspira y se rasca...Tiene tanta necesidad de hablar como el joven de beber. Pronto hará una semana que murió su hijo y aún no ha hablado con nadie como Dios manda...Y esas cosas hay que contarlas con calma, tomándose su tiempo...Es preciso relatar cómo enfermó el hijo, cuánto sufrió, lo que dijo antes de expirar, cómo murió...Hay que describir el entierro y el viaje al hospital para recoger la ropa del difunto. En la aldea ha quedado su hija Anisia...También habría que hablar de ella...Temas de conversación no le faltan. Además, el oyente debe suspirar, gemir, lamentarse...Lo mejor sería hablar con mujeres. Son tontas, pero bastan dos palabras para que lloren a lágrima viva. 
"Iré a ver al caballo -piensa Iona-. Para dormir siempre hay tiempo...Ya dormirás, descuida..." 
Se viste y se dirige al establo donde está su caballo. Piensa en la avena, en el heno, en el tiempo...Cuando está solo, no puede pensar en su hijo...Puede hablar de él con los demás, pero a solas le resulta absolutamente insoportable pensar en él y evocar su imagen.

-¿Rumias? -pregunta Iona a su caballo, mirando sus ojos brillantes-. Bueno, rumia si quieres...No hemos ganado para avena, así que tendremos que comer heno...Sí... Soy demasiado viejo para hacer de cochero...Es mi hijo quien debiera ocuparse de este oficio, no yo...Él sí que era un cochero de verdad...Sólo le bastaba haber vivido... 
Iona guarda silencio durante un rato y prosigue: 
-Así es, mi buen rocín...Kuzmá Iónich ya no está entre nosotros...Nos ha dejado...Se murió de repente, así como así...Supongamos que tuvieras un potrillo, que fueras madre de ese potrillo...Si de pronto, digamos, ese potrillo pasara a mejor vida...¿No te daría pena? 
El matalón rumia, escucha y resopla en las manos de su amo...Iona no puede contenerse y se lo cuenta todo... 





El cuento inspiró a JOAN MARGARIT (Sanaüja,1938), arquitecto y poeta, autor de poemarios como Joana o Cálculo de estructuras. 

RELATO DE MADRUGADA


En la plaza vacía está lloviendo.
Hay un único taxi en la parada
Es tan larga la espera del taxista.
Apagado el motor;
dentro del coche hace mucho frío.
Se abre una puerta y sube un pasajero
de malhumor; cansado, con la ropa mojada.
Le da una dirección.
Al saltarse un semáforo, le abronca.
El taxista se vuelve murmurando:
Mi hijo ha muerto hace una semana.
El pasajero calla y se hunde en el asiento.
Avanzada la noche, sube al taxi
un grupo en plena juerga, y él les dice:
Mi hijo ha muerto hace una semana.
"Todos nos hemos de morir", contestan,
entre las bromas y las carcajadas.
Acabado el trabajo en el garaje,
se acerca a la cabina de la radio:
Mi hijo ha muerto hace una semana.
La mujer; con los ojos
enrojecidos de cansancio,
le contesta que sí mientras atiende
a las voces mezcladas con el ruido
que van surgiendo desde la emisora.

Se trata de un relato que es de Chéjov.
En él cae la nieve
y el coche es un carruaje con una viejo caballo.
Sé que el taxista no podrá dormir.
¿Y la muerte? ¿Está dentro del puño
que levanta la vida, o es el puño
en el que estamos encerrados?
En la historia de Chéjov, al cochero
le queda su caballo para poder contarle
que su hijo está muerto. De repente,
siento que todo está dentro de mí,
que el miedo ya está helándose,
y enciendo un fuego, y todos sentimos su calor;
el taxista, el cochero, tú que me estás leyendo,
yo, mis muertos y Chéjov, todos juntos
viendo caer la vida en soledad, como la nieve.
Un tren nocturno cruza, barnizado de rosa,
campos de olivos al alba.
Aquí acabo, cansado, somnoliento
y misteriosamente feliz, este poema.


JOAN MARGARIT



Aparte de sus obras de teatro, -editadas en Cátedra-, se editan continuamente  los más de 500 cuentos que escribió Chéjov.Las últimas recopilaciones las hacen las editoriales  LUMEN, ALBA y PRE-TEXTOS.


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