Bruce Nauman, California,1941.



martes, 15 de agosto de 2017

BORGES según Ricardo Piglia y/o Emilio Renzi




"Tenía una forma inmediata y cálida de crear intimidad, Borges, dijo Renzi, siempre fue así con todos sus interlocutores: era ciego, no los veía y les hablaba como si fueran próximos y esa cercanía está en sus textos, nunca es paternalista ni se da aires de superioridad, se dirige a todos  como si todos fueran más inteligentes que él, con tantos sobrentendidos comunes que no hace falta andar explicando lo que ya se sabe. Y es esa intimidad la que sienten sus lectores.


Le encantó la propuesta de ir a La Plata, pensaba hablar sobre los cuentos fantásticos de Lugones, ¿qué me parecía?, dijo. Perfecto, le digo, además, Borges, mire, le vamos a pagar, no sé cuánto dinero era en ese momento, digamos unos quinientos dólares.-No -me dice-, es mucho.Me quedé cortado, mire, Borges, le digo,no es nuestra la plata, no es de los estudiantes, la Universidad nos dio un dinero.-No importa , les voy a cobrar doscientos cincuenta.
Y seguimos hablando, él siguió hablando, ya no me acuerdo si de Lugones  o de Chesterton, pero lo cierto es que me sentí tan cómodo, tan cercano a él, con esa sensación de liviandad, de inteligencia plena y de complicidad, que al rato, casi sin darme cuenta y hablando del final de los cuentos de Kipling, le digo envalentonado por el clima de intimidad y agradecido por la sensación de estar hablando con alguien de igual a igual:-Sabe, Borges, que veo un problema en el final de "La forma de la espada".Alzó su rostro hacia mí, alerta.-Un problema -dijo-, caramba, usted quiere decir un defecto...-Algo que sobra.Miraba el aire, ahora, jovial, expectante.
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El cuento narra con una técnica que Borges había usado ya en "Hombre de la esquina rosada" y usaría después: está contado por un traidor y asesino como si fuera otro. Al que cuenta le cruza la cara "una cicatriz rencorosa" y circular. En un momento del cuento se enfrenta a un adversario que con una espada curva le marca la cara.Uno se da cuenta entonces de que quien cuenta es el traidor porque la cicatriz lo identifica. Borges sin embargo, sigue el relato y lo cierra con una explicación."Borges", dice, "yo soy Vicent Moon, ahora desprécieme.". Escuchó mi resumen del relato con gestos de afirmación y repitió en voz baja la frase "Sí...,ahora desprécieme".-¿No le parece que esa explicación está de más? Sobra, creo.Hubo un silencio. Borges sonrió compasivo y cruel.-Ah -dijo-. Usted también escribe cuentos...Yo tenía veinte años, era arrogante, era más idiota de lo que ahora soy pero me di cuenta de que la frase de Borges quería decir dos cosas.
Habitualmente si alguien lo encaraba en la calle para decirle "Borges, soy escritor", "Ah, yo también", le contestaba y hundía al interlocutor en la nada. Algo de esa delicada maldad y algo de tranquila soberbia tenía la frase "Este mocito impertinente cree que escribe cuentos..."
La otra aserción era más benévola  y tal vez quería decir:"Usted ya lee como si fuera un escritor, entiende el modo en que los textos están construidos y quiere ver cómo están hechos, ver si puede hacer algo parecido o en el mejor de los casos algo distinto." Escribir, me estaba diciendo, cambia sobre todo el modo de leer.Seguimos conversando un rato, más yo ya estaba atontado y avergonzado y como adormecido. Borges me hizo ver el escritorio circular de Groussac que él recorría con su mano espléndida y pálida, la mano con la que había escrito "Tlön, Upbar, Orbis Tertius" y "La supersticiosa ética del lector".
Me doy cuenta de que Borges ha sido siempre un cuentista clásico, sus finales son cerrados, explican todo con claridad; la sensación de extrañeza no está en la forma -siempre clara y nítida- ni en los finales ordenados y precisos, sino en la increíble densidad y heterogeneidad del material narrativo.Me acompañó amable hasta la puerta y antes de despedirme me dijo, como para que yo no olvidara su lección sobre las historia bien cerradas:-He conseguido una considerable rebaja, ¿no? -dijo divertido el viejo Borges.
En fin, me hundió, pero me reconoció como escritor, ¿no es cierto?, dijo Renzi. Yo había escrito dos o tres cuentos, horribles, mal terminados, pero en fin, las ilusiones tiene que ser confirmadas alguna vez por otro, aunque sea por medio de la humillación y el espanto. Por eso los jóvenes -y los no tan jóvenes- andan por ahí con sus escritos buscando que alguien les lea y les diga "Ah, usted también escribe", claro que ahora los suben a la web, pero igual les falta la certificación, que alguien -personalmente- les diga usted también está de este lado..."pp30,31
Ricardo PIGLIA, Los diarios de Emilio Renzi, Años de formaciónAnagrama,2015