Bruce Nauman, California,1941.



jueves, 15 de agosto de 2013

UN DÍA EN CONEY ISLAND





Isaac B. SINGER ,(Polonia 1904-EE.UU 1991), es  uno de los grandes escritores del siglo XX, según la crítica y  los lectores, muchos de ellos también escritores. Novelas, cuentos y una autobiografía que atrapa y emociona, forman la extensa obra -siempre escrita en yiddish- de su azarosa vida.

"Un día en Coney Island, como muchas de sus historias tiene un marcado carácter autobiográfico y como es habitual en su escritura, una indudable fuerza literaria  que  armoniza  tensión narrativa, emoción,  poesía y pensamiento. 
*Una breve reseña biográfica  en I.B.SINGER y el amigo de Kafka 


                                            
                                                              
                                          
                                                 
                                                        UN DÍA EN CONEY ISLAND


Hoy sé exactamente lo que debía haber hecho aquel verano: mi trabajo. Pero entonces no escribí casi nada. "¿Quién necesita el yiddish en América?", me preguntaba. El editor de un periódico yiddish que publicaba de vez en cuando algún breve relato mío en la edición del domingo, me dijo con franqueza que los demonios , dibbuks y diablillos de hace doscientos años a nadie importaban lo más mínimo. 
Con treinta años de edad, refugiado llegado de Polonia, me había convertido en un anacronismo. Y por si fuera poco, Washington se negaba a prologar mi visado de turista. Lieberman, mi abogado, estaba intentando conseguirme un visado permanente, pero para lograrlo necesitaba presentar: mi partida de nacimiento, un certificado de buena  conducta, una declaración de que contaba con un empleo y de que no me convertiría en una carga pública, así como otros documentos que me era imposible obtener.Preocupado yo escribía cartas a mis amigos de Polonia. Nunca me respondían. Los periódicos predecían que Hitler iba a invadir Polonia de un día para otro.                                         

Abrí los ojos tras un sueño irregular, cargado de pesadillas. Mi varsoviano reloj de pulsera indicaba las once menos cuarto. A través de las rendijas de la persiana penetraba una luz dorada. Podía oír el sonido del océano. Llevaba año y medio viviendo en una habitación amueblada de una vieja casa de Sea Gate, no lejos de donde residía Esther (así la llamaré aquí), y pagaba dieciséis dólares al mes por el alquiler. La señora Berger, mi casera, me daba de desayunar a precio de costo.

                                            
                                     El Queen Mary navega por el Alántico como se vería  a la altura de Coney Island

Hasta que me deportaran a Polonia, me propuse disfrutar de confort americano. En el cuarto de baño  del pasillo ( a esa hora del día no estaba ocupado), me di un baño y pude ver un enorme barco que llagaba de Europa, el Queen Mary o el Normandie. ¡Qué lujo mirar por la ventana de mi cuarto de baño  y ver, además del océano Atlántico, uno de los buques más nuevos y veloces del mundo!. Mientras me afeitaba, tomé una decisión, no les dejaría deportarme a Polonia. No caería en las garras de Hitler. Permanecería en América ilegalmente. Me habían dicho que si estallaba la guerra   tendría muchas probabilidades   de recibir la ciudadanía de modo automático. Le hice una mueca de disgusto a mi imagen del espejo: mi cabello pelirrojo había desaparecido  y tenía los ojos azules llorosos, los párpados inflamados, las mejillas hundidas y una prominente nuez de Adán. 
La gente venía a Sea Gate desde Manhattan para broncearse, yo seguía con una tez de color blanco enfermizo. Mi nariz era fina y pálida, mi mentón puntiagudo, mi pecho plano. A menudo pensaba que mi aspecto no se diferenciaba mucho del de los diablillos que describía en mis relatos. Me saqué la lengua y me dije que no era más que un meshúguerner batlen, un holgazán despistado. 
Pensé que la cocina de la señora Bergen estaría vacía a aquellas horas de la mañana, pero todos estaban allí: el señor Chaikowitz y su tercera  esposa; el viejo escritor Lemkin, que había sido anarquista, y Silvia, que unos días antes me había llevado a  un cine de Mermaid Avenue (hasta las cinco de la tarde, el precio de la entrada era de solo diez centavos) y me había traducido a un yiddish macarrónico lo que decían los gánsteres de la película.En la oscuridad me tomó de la mano, lo cual me hizo sentirme culpable. En primer lugar yo había jurado cumplir los Diez Mandamientos. En segundo lugar estaba traicionando a Esther. Y por último me remordía la conciencia respecto a Anna, que continuaba escribiéndome desde Varsovia. Sin embargo no quise ofender a Silvia.  
Cuando entré en la cocina, la señora Bergen exclamó:
-¡Aquí está nuestro escritor! ¿Cómo puede un hombre dormir tanto? Yo llevo en pie desde las seis de la mañana.
Miré sus gruesas piernas, sus torcidos dedos y prominentes juanetes . Todos me tomaban el pelo. El viejo Chaikowitz dijo:
- ¿Te das cuenta de que has saltado la hora de la oración de la mañana? Seguramente perteneces a los jasidim de Kotzk, que rezan tarde.
Su semblante era blanco y también lo era su perilla. Su tercera esposa, una obesa mujer de gruesa nariz y labios carnosos, se unió a él:
- Apostaría a que es greenhorn ni siquiera posee un par de filacterias.
Y Lemkin dijo:
- Si me preguntaran a mí, diría que se ha pasado la noche escribiendo un best seller.
-Tengo hambre por segunda vez- afirmó Silvia.
-¿Qué vas a tomar hoy?- me preguntó la señora Berger-. ¿Dos bollos con un huevo o dos huevos con un bollo?
-Lo que usted me ponga.
-Estoy dispuesta a ponerte la luna en un plato. Tengo miedo de lo que puedas  escribir sobre mí en tu periódico yiddish.
Me trajo un bollo grande con dos huevos revueltos y un tazón de café. El precio del desayuno era veinticinco centavos, pero le debía a la señora Berger el alquiler de seis semanas y los desayunos de esas seis semanas.
Mientras comía , la señora Chaikowitz hablaba de su hija mayor, que había enviudado hacía un año y ahora había vuelto a casarse.
-¿ Han oído ustedes algo así? -dijo-. A su marido le dio un hipo y cayó muerto. Al parecer, algo se le reventó en el cerebro. Dios nos guarde de las desgracias que pueden ocurrirnos. Le dejó más de cincuenta mil dólares del seguro. ¿Cuánto tiempo puede una mujer joven esperar? Su primer marido era médico; este es abogado, el más grande de América. En cuanto le echó la mirada, dijo: "Esta es la mujer que yo estaba esperando". Al cabo de seis semanas se casaron y viajaron a las Bermudas en luna de miel.  Le compró un anillo de diez mil dólares.
-¿Estaba soltero? -preguntó Silvia.
-Había tenido esposa, pero no era su tipo y se divorció de ella. Ahora recibe de él un montón de dinero, doscientos dólares a la semana de pensión por alimentos. Ojalá lo gaste todo en medicamentos.
Terminé a prisa mi desayuno y salí. Ya en la calle, miré en el buzón, pero no había nada para mí. A sólo dos manzanas de distancia podía ver la casa que Esther había alquilado durante el invierno anterior. En esa casa, ella alquilaba a su vez habitaciones a personas que querían pasar sus vacaciones cerca de Nueva York.  Yo no podía visitarla durante el día; solía ir a hurtadillas bien entrada la noche. Aquel verano se alojaban allí muchos escritores y periodistas de lengua yiddish, y me propuse evitar que conocieran mi aventura con Esther. Puesto que no era mi intención casarme con ella, ¿para qué arriesgar su buen nombre? Esther era casi diez años mayor que yo.Se había divorciado de su marido, un poeta yiddish, modernista y comunista; un sinvergüenza. Se marchó a California y nunca envió ni un penique para la manutención de sus dos hijas menores de edad. Se fue a vivir con una artista que pintaba cuadros abstractos. Esther necesitaba un marido que la mantuviera, a ella y a las niñas, no un escritor yiddish especializado en hombres lobo y espíritus. 
                                     
Pese a que ya llevaba dieciocho meses en América, Coney Island aún me sorprendía. El sol abrasaba como el fuego. El rugido que llegaba de la playa era aún más estruendoso que el del propio mar. En el paseo marítimo entarimado, un vendedor de sandías italiano aporreaba una hoja de estaño con el cuchillo, mientras con voz estrepitosa llamaba a los clientes. Cada cual bramaba a su modo: vendedores de palomitas, de perritos calientes, helados y cacahuetes, algodón de azúcar y mazorcas de maíz. Pasé delante de una barraca de feria en la cual exhibían una criatura, mitad mujer, mitad pez; un museo de cera con figuras de María Antonieta, Buffalo Bill y John Wilkes Booth; una tienda en cuyo interior un astrólogo con turbante, sentado en la oscuridad y rodeado de mapas y globos de las constelaciones celestes, leía los horóscopos. Delante de un pequeño circo, unos pigmeos bailaban, con los rostros negros pintados de blanco y enlazado entre sí por una larga y suelta cuerda. Un mono mecánico inflaba y desinflaba su barriga como un fuelle y reía con una risa estentórea. ;Muchachos negros apuntaban con rifles a unos patitos metálicos. Un hombre medio desnudo de barba negra y cabellera hasta los hombros, pregonaba pociones que reforzaban los músculos, embellecían el cutis y devolvían la potencia perdida. Rompía pesadas cadenas con sus manos y doblaba monedas entre los dedos. Un poco más allá, un médium se proclamaba capaz de invocar los espíritus de los muertos, profetizar el futuro y dar consejos en cuestiones de amor y matrimonio. Yo llevaba encima  un ejemplar  de La educación de la voluntad, de Payot, en polaco. Enseñaba como superar la pereza y realizar trabajo espiritual de modo sistemático, y se había convertido en mi segunda Biblia. Solo que yo hacía lo contrario de lo que el libro predicaba. Desperdiciaba mis días en sueños, preocupaciones y fantasías vacías, y me enredaba en aventuras que carecían de futuro.         
                                           
En el extremo del paseo marítimo entarimado, me senté en un banco. Todos los días se reunían allí el mismo grupo de ancianos para debatir acerca del comunismo. Un hombrecillo de cara redonda y el pelo tan blanco como la espuma movía la cabeza airadamente y gritaba:
-¿Quién va a salvar a los obreros? ¿Hitler? ¿Mussolini?¿Ese socilfascista de León Blum? ¿Ese oportunista de Norman Thomas? ¡Larga vida al camarada Stalin! ¡Benditas sean sus manos!
Un hombre cuya nariz estaba cruzada por venas rotas, gritó en respuesta:
-¿Y qué hay de los juicios de Moscú? ¿Y  los millones de obreros y campesinos que Stalin exilió a Siberia? ¿Qué dices de los generales soviéticos que tu camarada Stalin ejecutó?
-Su cuerpo era corto y a la vez rechoncho , como si con un serrucho le hubieran cortado la parte de en medio. Escupió en su pañuelo y chilló-: ¿Es  Bujarin  realmente un espía alemán del proletariado, casero de chabolas? ¿Acaso recibe Trosky dinero de Rockefeller? ¿ Era Kamenev un enemigo del proletariado? ¿Y qué me dices de ti mismo, casero de chabolas?
Con frecuencia imaginaba que estos hombres  no paraban para comer o dormir, sino que seguían su debate sin interrupción. Saltaban uno sobre el otro como machos cabríos listos para embestir. Saqué un cuaderno y una pluma estilográfica para apuntar un posible tema (quizá acerca de estos contendientes ),  pero en lugar de ello comencé a dibujar un hombrecillo de largas orejas, la nariz como un cuerno de carnero, los pies de ganso y dos cuernos en la cabeza. Luego cubrí su cuerpo con escamas y le añadí unas alas. Eché una ojeada a La educación de la voluntad. ¿Disciplina? ¿Concentración? ¿De qué me servirían si estuviera condenado a perecer en los campos de Hitler? E incluso si sobreviviera, ¿en qué ayudaría a la humanidad una novela o un cuento más? Los metafísicos se habían rendido demasiado pronto, concluí. La realidad no es solipsismo ni tampoco materialismo. Se debe empezar desde el principio: ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es el espacio? Aquí residía la clave de todo el enigma. ¿Quién sabe? Tal vez yo estaba predestinado a resolverlo.
Cerré los ojos y me decidí de una vez por todas a cruzar la barrera entre la idea y el ser, entre las categorías de la razón pura y la cosa en sí. Al otro lado de mis párpados cerrados, brillaba rojo el sol. El golpear de las olas y el barullo de la gente se fundían, Sentía, casi palpablemente, que me sentía a un paso de la verdad. "El tiempo no es nada, el espacio no es nada", murmuré. Pero esa nada es el trasfondo de la composición del mundo. Entonces, ¿qué es lo que compone el mundo? ¿Materia? ¿Espíritu? ¿Magnetismo o gravitación? ¿Y qué es la vida?¿ Qué es el sufrimiento? ¿Qué significa estar consciente? Y si existe Dios, ¿quién es? ¿Sustancia con atributos infinitos? ¿La mónada de mónadas? ¿La voluntad ciega? ¿El inconsciente? ¿Puede Dios ser el sexo, como insinúan los cabalistas? ¿Es un orgasmo que nunca cesa? ¿Es la nada universal, el principio de la feminidad? No iba a llegar a ninguna decisión en ese momento, concluí. Quizá por la noche, en la cama...
Abrí los  ojos y caminé hacia Brighton. Las vigas del tren elevado creaba sobre las aceras una malla de sol y sombra. Un tren que venía de Manhattan pasó como un bólido, con un traqueteó ensordecedor. Con independencia de cómo se defina el tiempo y el espacio, pensé, era imposible estar simultáneamente en Brooklyn y en Manhattan. Pasé delante de escaparates que exponían colchones, muestras de tablillas para azoteas, pollos kosher. Mire detuve frente a un restaurante chino. ¿Debería entrar a almorzar? No, en la cafetería me podría costar cinco centavos menos. Había llegado casi a mi último centavo. Si mi relato "Después del divorcio" no aparecía en la edición del domingo, no me quedaría más opción que el suicidio.
Caminando de regreso, me asombraba de mí mismo. ¿Cómo había podido permitir que mis finanzas menguaran hasta tal punto? Era cierto que a un turista no le estaba permitido tener un trabajo remunerado, pero si fregara platos en un restaurante o consiguiera un empleo como mensajero o como maestro de hebreo, ¿cómo se iba a enterar el Servicio de Inmigración y Naturalización? Era una locura esperar hasta que llegara a la ruina total. Es verdad que me había convencido de que podría alimentarme con las sobras de las mesas de la cafetería. Pero, más tarde o más temprano , el gerente o el cajero notarían la presencia de un carroñero humano. Los americanos prefieren arrojar la comida al cubo de basura  antes que dejar que alguien se la lleve sin pagar. Pensar en comida me hizo sentir hambre. Recordé lo que había leído sobre el ayuno. Si tiene agua para beber, una persona puede vivir unos sesenta días. En otro lugar había leído que, en una expedición al Polo Sur o Norte, Admundsen se había comido una de sus botas. Mi hambre en ese momento, me dije, no era más que histeria. Dos huevos y un bollo contienen suficiente almidón, grasas y proteínas para unos cuantos días. Pese  a todo, algo roía en mi estómago. Las rodillas me flaqueaban. Iba a encontrarme con Esther esa noche, y el hambre conduce a la impotencia. A duras penas, llegué a las cafeterías. Entré, compré un tique de comida y me acerqué al mostrador del bufé. Sabía que los condenados a muerte encargaban su última comida; las personas no desean ir con el estómago vacío ni siquiera a ser ejecutadas. Pensé que eso era una prueba de que la vida y la muerte no guardan relación. Dado que la muerte no tiene sustancia, no puede acabar con la vida. Es solo un marco para los proceso de vida, pero estos son eternos.
Todavía no me había hecho vegetariano, aunque en mi mente ya rumiaba sobre el vegetarianismo. Elegí, no obstante, falda de añojo en salsa de rábano picante con patatas hervidas y fréjoles, un tazón de sopa de fideos, un gran bollo, una taza de café y un trozo de tarta, todo por sesenta centavos. Sujetando la bandeja, pasé delante de mesas llenas de sobras de comida y me detuve delante de una mesa limpia. Encima de una silla estaba el tabloide de la tarde. Aunque deseaba leerlo, recordé las palabras de Payot: "Los intelectuales deben comer despacio, masticar hasta el fondo cada bocado y no leer".Pese a ello, eché un vistazo a los titulares. Hitler exigía de nuevo el corredor de Danzig. Smigly-Rydz había anuncido en el Sejm que  Polonia lucharía por cada milímetro del territorio. El embajador alemán en Tokio fue recibido en audiencia por el Mikado. Un general retirado había criticado  en Inglaterra la Línea Maginot y predijo que caería ente el primer ataque. Los poderes que gobernaban el universo estaban preparando la catástrofe.
Cuando terminé de comer, conté mi dinero y recordé que tenía que llamar al periódico para preguntar por la suerte de mi relato. Sabía que una llamada de Coney Island  a Manhattan costaba diez centavos y que el editor de los dominicales, León Diamond, rara vez acudía a su despacho. Aún así, no podía dejarlo todo en manos del destino.Diez centavos no cambiarían la situación. Me levanté con resolución, encontré una cabina de teléfono desocupada  e hice la llamada.Recé a esos mismos poderes que preparaban la catástrofe mundial para  que la operadora no me conectara con un número equivocado. Le deletreé el número que deseaba con la mayor claridad que permitía mi acento en inglés y me pidió que insertara la moneda. Cuando contestó la telefonista, pedí hablar con León Diamond. Estaba casi seguro de que me diría que él no se encontraba en la oficina; sin embargo oí su voz al otro lado de la línea. Empecé a tartamudear y a disculparme. Cuando le dije quién era, me dijo con brusquedad:
-Tu relato entrará el domingo.
-Gracias. Muchísimas gracias.
-Envíame un nuevo relato. Adiós. 
"¡Un milagro! ¡un milagro del cielo!", grité para mis adentros. En el instante en que colgué , ocurrió otro milagro: comenzaron a salir monedas del teléfono, monedas de diez, cinco, veinticinco centavos. Por un segundo vacilé; quedármelas sería un robo. Sin embargo, la compañía telefónica en ningún caso recuperaría el dinero, y podría encontrarlo alguien que lo necesitara menos que yo. ¡Cuántas veces habré insertado monedas de diez centavos en el teléfono sin conseguir la conexión! Miré alrededor y vi que intentaba entrar en la cabina una mujer gruesa, en bañador y con sombrero de paja de ala ancha. Agarré las monedas, me las metí en el bolsillo y salí, con la sensación de ser una persona nueva. Pedí perdón mentalmente a los poderes que lo saben todo. Salí de la cafetería y caminé dando grandes zancadas hacia Sea Gate. Iba haciendo cálculos: si recibo cincuenta dólares por el relato, daría treinta a la señora Berger para cubrir mi alquiler y los desayunos, y aún me quedarían veinte dólares para gastos.Además, renovaría mi crédito con ella y podría continuar en la habitación. En ese caso, debería llamar a Lieberman, el abogado. ¿Quién sabe? Tal vez ya había tenido noticias del cónsul en Toronto. Un turista no podía conseguir un visado permanente mientras estaba en Estados Unidos. Tendría que viajar a Cuba o a Canadá. El billete para ir a Cuba resultaba demasiado caro como para planteármelo, pero quizá me permitirían entrar a Canadá. Lieberman me había advertido que  tendrían que conducirme clandestinamente desde Detroit hasta Windsor, y la persona que me esperaría al otro lado del puente pediría una suma de cien dólares.
De pronto me di cuenta de que yo no había cometido un robo sino dos. En mi euforia, había olvidado pagar por el almuerzo. Aún llevaba el tique en la mano. Esto, desde luego, era obra de Satanás. El cielo me estaba tentando. Decidí regresar y pagar los sesenta centavos. Caminé con brío, casi corriendo. En la cafetería un hombre de uniforme blanco estaba junto al cajero. Hablaban en inglés. Quise esperar hasta que terminaran, pero continuaban hablando. El cajero me miró de reojo y preguntó:
- ¿Qué deseas?
Respondí en yiddish.
-Olvidé pagar el almuerzo.
El cajero, haciendo una mueca, dijo entre dientes:
-No te preocupes, lárgate de aquí.
-Pero...
-Lárgate de aquí, tú -gruñó- y luego me hizo un guiño.
Con eso comprendí lo que iba sucediendo. El hombre del uniforme blanco seguramente era dueño, o el gerente, y el cajero no quiso que viera que había dejado a un cliente  marcharse sin pagar. Los poderes estaban conspirando para proporcionarme un golpe de suerte tras otro. Salí y a través de la puerta de cristal vi como el cajero y el hombre de uniforme blanco se reían. Estaban riéndose de mí, aquel recién llegado con su yiddish. Pero yo sabía que el cielo estaba sometiéndome a prueba, pesando mis méritos y mis maldades en una balanza: ¿me merecía continuar en América o debería perecer en Polonia? Me avergonzaba mostrar tanta fe después de haberme definido como agnóstico o no creyente, y dije a mis críticos invisibles: "Al fin y al cabo, según Spinoza, todo está predeterminado. En el universo no existen acontecimientos grandes y pequeños. Para la eternidad, un grano de arena es tan  importante como una galaxia."
No sabía qué hacer con mi tique de la comida. ¿Debería guardarlo hasta el día siguiente o tirarlo? Decidí que entregaría el dinero al cajero sin el tique. Lo rompí en pedazos y lo arrojé a la papelera.
En casa, me desplomé en la cama y caí en un sueño pesado, en el que descubrí el secreto del tiempo, del espacio y de la causalidad. Parecía increíblemente sencillo, pero en el instante en que abrí los ojos lo había olvidado todo. Lo que quedó fue el sabor de algo de otro mundo, algo maravilloso. En mi sueño, le había puesto un nombre a mi descubrimiento filosófico; tal vez fue en latín, en hebreo, en arameo o en una combinación de los tres. Me recordaba diciendo en sueños:"El ser no es más que...", y ahí venía la palabra que respondía a todas las preguntas. En el exterior oscurecía. Los bañistas y nadadores ya se habían marchado. El sol se hundía en el océano, dejando una estela de fuego. La brisa traía olor a descomposición submarina. Una nube en forma de enorme pez surgió de la nada, y la luna reptó sobre ella siguiendo sus escamas. El tiempo estaba cambiando; la campana del faro que avisaba de la niebla repicaba en tono agudo. Un remolcador arrastraba tres negras gabarras. Parecía inmóvil, como si el Atlántico se hubiera convertido en el Mar de Hielo que solían describir los libros de cuentos                    
                                       .

Como ya no necesitaba escatimar en comida, entré en la cafetería de Sea Gate y pedí tarta de queso y café. Un periodista yiddish, de pelo blanco y rostro rubicundo, colaborador del periódico que publicaba mis relatos, se acercó y se sentó a mi mesa.
-¿Dónde te has estado escondiendo estos días? Nadie te ve. Me dijeron que resides aquí, en Sea Gate.
-Sí, vivo aquí.
-Yo he alquilado una habitación en casa de Esther. Ya sabes quien es, la exesposa del poeta loco. ¿Por qué  no vas por la casa? Toda la prensa yiddish está allí. Te han mencionado varias veces.
-¿De verdad? ¿Quiénes?
-Oh, los escritores. Incluso Esther te elogia. Personalmente pienso que tienes talento, aunque eliges temas que a nadie importan y en los que nadie cree. No existen los demonios. No existe Dios.
-¿Estás seguro?
-Absolutamente seguro.
-¿Y quien creó el mundo?
-Ah, bueno. La vieja pregunta. Todo es naturaleza. Evolución. ¿Quién creó a Dios? ¿Eres realmente religioso?
-A veces lo soy.
-Solo para llevar la contraria. Si Dios existe ¿por qué permite a Hitler arrastrar a gente inocente a Dachau?¿Y qué hay de tu visado? ¿has hecho algo al respecto? Si no, te deportarán y a tu Dios le preocupará bien poco el asunto.
Le conté mis dificultades y me dijo:
-Solo existe una salida para ti; cásate con una mujer que sea ciudadana americana. Eso hará tu estancia legal. Más adelante, podrás conseguir los papeles y convertirte tú también en ciudadano.
-Yo nunca haría eso -dije.
-¿Por qué no?
-Sería una ofensa tanto para la mujer como para mí.
-¿Y caer en las garras de Hitler es mejor? Eso no es más que estúpido orgullo. Escribes como un hombre maduro, pero te comportas como un muchacho. ¿Cuántos años tienes?
Se lo dije.
-A tu edad, yo estaba exiliado en Siberia por actividades revolucionarias.
Se acercó el camarero y, cuando estaba a punto de pagar, el escritor me arrebató el tique. Tengo demasiada suerte hoy, pensé.
En ese momento miré hacia la puerta y vi entrar a Esther. Con frecuencia se presentaba allí por las tardes, y precisamente por esa razón yo eludía esa cafetería. Esther y yo habíamos acordado de forma tácita mantener en secreto nuestra aventura. Además, me había vuelto patológicamente tímido en América; volví a ruborizarme como cuando era un muchacho. En Polonia nunca me consideré de baja estatura, pero  entre los gigantes americanos me veía pequeño. Mi traje varsoviano parecía estrafalario, con sus anchas solapas y hombreras. Además era demasiado pesado para el calor de Nueva York. Esther no paraba de reprocharme que llevara cuello duro, chaleco y sombrero cuando hacía calor. Ahora, al verme, pareció avergonzarse, como una muchacha provinciana de Polonia. Nunca habíamos estado juntos en público. Pasábamos nuestro tiempo en la oscuridad, como dos murciélagos. Hizo un ademán como para marcharse, pero mi compañero de mesa la llamó. Se aproximó de modo inseguro. Llevaba puesto un vestido blanco y un sombrero de paja con cinta verde. Bronceada por el sol, sus ojos negros tenían un brillo juvenil. Su apariencia no era la de una mujer cercana a los cuarenta; era esbelta y lozana. Se acercó a la mesa y me saludó como si yo fuera un desconocido. Al modo europeo, me estrechó la mano. Se sonrió tímidamente y me habló de usted en vez de tutearme.
-¿Cómo está usted? No le he visto en mucho tiempo -dijo.
-Se está escondiendo -me denunció el escritor-. No está haciendo nada referente a su visado y lo enviarán de vuelta a Polonia. La guerra no tardará en estallar. Yo le acabo de aconsejar que se case con una mujer americana porque de este modo obtendría un visado, pero no me hace caso.
-¿Por qué no? -preguntó Esther. Sus mejillas resplandecían. Esbozó una sonrisa tierna, nostálgica. Se sentó al borde de la silla.
Me hubiera gustado darle una respuesta ingeniosa, con chispa. En lugar de ello, dije avergonzado:
-No me casaría para conseguir un visado.
El escritor sonrió e hizo un guiño.
-No soy un casamentero, pero vosotros dos haríais una buena pareja. 
Esther me miró de manera inquisitiva, con mirada suplicante y cargada de reproche. Yo sabía que tenía que responder en ese momento con seriedad o con una broma, pero no me salía ni una palabra. Me sentí acalorado. Mi camisa estaba empapada y yo estaba pegado al asiento. Tenía la dolorosa sensación de que mi silla se estaba a punto de caer. El suelo se levaba y las luces del techo se entrelazaban, se alargaban y se hacían borrosas. La cafetería comenzó a dar vueltas como un tiovivo.
Esther se levantó bruscamente.
-tengo que encontrarme con alguien -dijo, y se dio la vuelta.

La observé apresurándose hacia la puerta. El escritor sonrió de manera cómplice, se despidió con la cabeza y se acercó a otra mesa para charlar con un colega. Me quedé allí sentado, desconcertado por el repentino cambio de mi suerte. Consternado, saqué las monedas del bolsillo y me puse a contarlas una y otra vez, identificándolas más por el tacto que por la vista , haciendo complejos cálculos. Cada vez, la suma salía diferente.Tal como se presentaba ahora mi partida  con los poderes de arriba, yo parecía haber ganado un dólar con algunos centavos y haber perdido no solo el asilo en América, sino a una mujer a quien amaba de verdad.

                                      


Isaac B. Singer. Cuentos RBA editores.