Bruce Nauman, California,1941.



sábado, 17 de mayo de 2008

PROSAS. ERNEST HEMINGWAY:" París era una fiesta" y algunas maldades literarias.


ESNEST HEMINGWAY (1899-1962).
"Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas a donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue", escribía Hemingway a un amigo (1950).París era una fiesta, resultó  su testamento literario, y parecía una invitación a la vida aunque fue escrito poco antes de poner fin a la suya. Fue publicado, póstumamente, en Nueva York en 1964.


De ese libro de sencillez asombrosa  que es París era una fiesta  :
Técnicas de escritura, p.20 y 149-179
Lecturas, p.125



TÉCNICAS DE ESCRITURA.
-p.20 "Era una maravilla bajar los largos tramos de escaleras y tener conciencia de que el trabajo se me había dado bien.Cada día seguía trabajando hasta que una cosa tomaba forma, y siempre me interrumpía cuando veía claro lo que tenía que seguir. Así estaba seguro de continuar al día siguiente. Pero a veces cuando empezaba un cuento y no había modo de que arrancara, me sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina y caían gotas en la llama y yo observaba el chisporroteo azulado. De pie, miraba los tejados de París y pensaba: "No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase verídica como sepas."De modo que al cabo escribía una frase verídica y a partir de allí seguía adelante. Entonces se me daba fácil porque siempre había una frase verídica que yo sabía o había observado o había oído decir. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de filacterio y de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner en cabeza la primera sencilla frase indicativa verídica que hubiera escrito. En aquel cuarto tomé la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que me fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa."(...)


LECTURAS, P.125
"A partir del día en que descubrí la librería de Sylvia Beach, me leí Turguenev entero, todo lo que había salido en inglés de Gogol, las traducciones de Tolstoy por Contance Garnett, y las traducciones inglesas de Chejov. En Toronto, antes de haber estado nunca en París, oía yo decir que Katherine Mansfield había escrito buenos cuentos, había inclusio escrito grandes cuentos, pero cuando quise leerla después de conocer a Chejov ma parecía oír los relatos cuidadosamente artificiales de una solterona joven,(*) comparados con lo que puede contar un médico de mucha inteligencia y experiencia, que además era un escritor bueno y sencillo. La Mansfield era una especie de cuasi-cerveza. Mejor beber agua. Pero Chejov no era agua salvo por su claridad. Tenía algunos cuentos que parecían mero periodismo. Pero tenía otros maravillosos".
"En Dostoyevski había cosas increibles y que no se debían creer, pero había algunas tan verdaderas que uno cambiaba a medida que las leía. La flaqueza y la locura, la malignidad y la santidad, la insania del juego, estaban allí para que uno las conociera como conocía el paisaje y los caminos de Turguenev, y los movimientos de tropas y el terreno y los oficiales y la tropa y el combate en Tolstoy. Al lado de Tolstoy,lo que Stephen Crane escribió sobre la guerra civil parecía la brillante fantasía de un muchacho enfermo que nunca había estado en la guerra, pero había leído los relatos de batallas y las crónicas y había mirado las fotos de Brady, todo lo que yo había leído y mirado de niño en casa de los abuelos.Hasta conocer La Chartreuse de Parme, de Stendhal,nunca leí nada que presentara la guerra tal como es excepto en Tosltoy, y el maravilloso relato de Waterloo, por Stendhal, es un trozo episódico en un libro que contiene mucho aburrimiento".
"Llegar a todo aquel nuevo mundo de Literatura, con tiempo para leer en una ciudad como París donde había modo de vivir bien y de trabajar por pobre que uno fuera, era como si a uno le regalaran un gran tesoro.Y uno podía llevarse consigo el tesoro cuando salía de viaje, y en las montañas de Suiza y de Italia donde vivíamos antes de descubrir Schruns en el alto valle del Vorarlberg en Austria, siempre estaban los libros, de modo que vivíamos en el nuevo mundo recién descubierto, entre la nieve y los bosques y los ventisqueros y los apuros del invierno y el cobijo del hotel Taube, todo esto de día, y de noche podíamos vivir en el otro mundo maravilloso que los escritores rusos nos regalaban. Al principio estaban los rusos. Luego estuvieron todos los demás. Pero por mucho tiempo sólo estuvieron los rusos".
"Me acuerdo de que un día cuando volvíamos con Ezra después de jugar al tenis en el boulevard Arago, él me invitó a subir a su estudio para una copa, y allí le pregunté qué pensaba sinceramente de Dostoyevski.-Si tengo que serte franco, Hem -dijo Ezra-, nunca leo a los rusos.Era una contestación sin rodeos, como me las daba siempre Ezra cuando hablábamos, pero no me gustó, porque aquel era el hombre que entonces me gustaba y me convencía más como crítico, el hombre que creía en el mot juste, en la única palabra que es correcto usar, el hombre que me había enseñado a desconfiar de los adjetivos tal como más adelante yo aprendería a desconfiar de ciertas personas en ciertas situaciones. Y yo quería saber su opinión sobre un hombre que casi nunca usó el mot juste, pero que a veces daba a sus personajes una vida como casi nadie lograba dar.
-No te alejes de los franceses -dijo Ezra- tienes mucho que aprender de ellos.-Ya lo sé -dije-. Tengo mucho que aprender de todo el mundo."(...)

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(*) Hemingway  hace un juicio  duro y posiblemente machista ( es fácil  que  al gran Hemingway no le desagradase ese insulto) de Katherine Mansfield, pero no menos injusto que el que la escritora neozelandesa propina a E.M. Forster en su Diario:
"Ayer noche, mientras entre mis libros, escogía los más mediocres, he encontrado un ejemplar de Howard's End y lo he hojeado. Pero no vale gran cosa. E. M. Forster no hace más que calentar la tetera. Esta es su especialidad. Toque esta tetera ¿Está caliente, verdad? Sí, pero dentro no habrá nunca té."
 Pero en  el  Pasaje a la India de Forster, una de las mejores novelas del siglo XX y  hay mucho té, mal que le pese a Katherine.






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