Bruce Nauman, Indiana,1941.



jueves, 20 de enero de 2022

Paul AUSTER Stephen CRANE y Joseph CONRAD

    

Paul Auster ha empleado los últimos años en  escribir La llama inmortal de Stephen Crane. Un escritor habla de otro escritor y le dedica mil  páginas inspiradas de biografía,  análisis y reflexión sobre  él y su obra. 


 
Paul Auster no es un escritor preferido y además la extensión del libro  produce rechazo pero  J.M. Guelbenzu el mentor literario  que cualquier lector  agradece, en  su reseña de Babelia, aleja los temores de abordar  ese  océano de páginas y empuja a la lectura con su entusiasmo:

 

"Auster contempla la vida y la obra de Crane en paralelo, pero así como la vida es curiosa, pintoresca y entretenida, sin más, la soberbia lectura que hace de los textos del autor es una obra maestra de crítica literaria práctica.[...] 
    Cuando Paul Auster nos refiere el contenido de cada una de las obras que analiza, sean narraciones breves, novelas o cuentos lo que en realidad hace es acompañar la lectura de cada una mostrando cómo está construida, y en consecuencia, cuál es su sentido y cómo este viene definido por la singularidad de su escritura" 

Para lograr la excelencia literaria que subraya  Guelbenzu Auster  ha realizado  un   exhaustivo trabajo de documentación, relectura y reflexión  que  produce la prosa precisa  y  vibrante que mantiene a lo largo del libro y alcanza con su fuerza  al lector.

Entre los constantes motivos de  interés en el transcurso de la lectura  a partir de la página 744 se cuenta la especial relación entre Stephen Crane y Joseph  Conrad iniciada con la primera estancia de Crane en Inglaterra entre 1897 y 98. 


II 

"Un ciudadano británico de casi cuarenta años nacido en Polonia ("que habla y se comporta como un francés": Cora) y un norteamericano expatriado a punto de cumplir los veintisiete. La madre del primero murió cuando él tenía siete años, el padre del segundo había muerto cuando él tenía ocho. ambos habían sido buenos estudiantes, aunque distraídos, con suspensos, y los dos habían conocido la muerte y repetidos y trastornos en la infancia. El primero intentó suicidarse a los veinte años; a los veinte, el segundo se dijo a sí mismo y a los demás que moriría joven. Más adelante, ambos sobrevivirían a naufragios y ahora los dos escribían libros, pero como el primero había empezado tarde y el segundo pronto, a ojos del mundo el muchacho tenía más estatura que el adulto. Sin embargo, fue el joven quien tomó la iniciativa para su primer encuentro que se produjo el 15 de octubre de 1897 cuando Sidney Pawling el editor que supervisaba la obra de ambos en Heinemann satisfizo la petición del norteamericano organizando un almuerzo para los dos en un restaurante del centro de Londres. Debió haber sido un momento tenso para ambos. Cada uno de ellos admiraba la obra del otro, y cada uno de ellos había encontrado una conexión espiritual con el otro a través de esa obra, pero los escritores, que constituyen la clase de gente más extraña y solitaria del planeta, rara vez entablan una amistad profunda y duradera con otros autores. Tienden a cultivar una distante cordialidad con sus pares -cuando no los están apuñalando por la espalda o recibiendo una puñalada a cambio-, e incluso los más admirados son con frecuencia los más difíciles de soportar. Quién sabe lo que esperaban aquellos dos al entrar aquel día en el restaurante, pero casi seguro que cada uno por su parte se preparaba para una decepción.  Precisamente porque se respetaban y se consideraban iguales, y porque ninguno había establecido nunca una amistad verdadera con uno de sus iguales al que respetaran. Tal como recordaría el hombre maduro veintiséis años más tarde: "Nos estrechamos la mano mirándonos a los ojos, con intensa gravedad, como cuando dicen a dos críos que deben hacerse amigos. Estábamos bajo la alentadora mirada de Sidney Pawling, que, como hombre mucho más voluminoso que nosotros y poseedor de una voz grave, parecía como una persona mayor entreteniendo a dos extraños niños pequeños: con aire protector pero manifestando cierta ansiedad ante el experimento" 

Con ese tímido y solemne apretón de manos se inició la amistad  entre Crane y Josep Conrad. Los dos extraños niños pequeños y su voluminoso editor eran los únicos a la mesa aquel día, y una vez roto el hielo, la charla fluyó libremente, tanto que cuando Pawling consultó el reloj ya habían pasado tres horas y eran las cuatro de la tarde. Se levantó con brusquedad de la mesa, anunciando "os tengo que dejar ya" para volver apresuradamente a la oficina, pero ambos escritores, sin despacho al que ir y sin planes de ningún tipo "salieron", tal como Conrad diría después, y "echaron a andar juntos como dos vagabundos sin hogar, sin empleo y sin preocupación por dónde iban a pasar la noche". Siguieron charlando mientras vagaban de un barrio a otro, pero sobre todo guardaban silencio, "y la única alusión que hicimos aquella tarde sobre nuestras obras inmortales" fue una observación indirecta por parte por parte de Conrad:" Me gusta su general"(el personaje menor de menos importancia de La roja insignia), y otra de Crane, igualmente oblicua, sobre uno de los personajes igualmente secundarios de Conrad:"Me gusta su joven;casi lo estoy viendo".Esa especie de reticencia no es insólita entre novelistas, porque al revés de ,o que podrían imaginar los lectores, los novelistas rara vez hablan de su trabajo cuando están juntos, en particular con quienes se encuentran en una armonía más profunda.[-]

Tres semanas después, Conrad  envió a Crane un ejemplar dedicado de su primera novela, La locura de Almayer ("Con los mejores saludos y la más sincera admiración), junto con las galeradas de su tercera novela, en vías de publicación, El negro del "Narcissus", que llevaba apareciendo por entregas desde agosto en la New Review, y Crane le escribió a su vez el 11 de noviembre con una disculpa por haber enviado la carta a la atención de Heinemann (había perdido la nota con la dirección de Conrad).Calificando el libro de "sencillamente grandioso"


-Y  se sigue leyendo hasta el final, hasta la página 992, a partir   la cual comienza el ÍNDICE ANALÍTICO que multiplica  el interés  de este libro "sencillamente grandioso" -como califica Crane en carta a Conrad a  El negro del "Narcisus".