Bruce Nauman, California,1941.



domingo, 4 de mayo de 2014

"UNA VISIÓN DEL MUNDO" de John CHEEVER







La biografía  literaria de John Cheever se inicia con una leyenda: la expulsión del colegio de secundaria, -como un Holden Caulfield  avant la lettre- por confusos motivos, tal vez fumar...aunque no está claro. Con ello terminó su vida académica  y comenzó un aprendizaje de autodidacta del que se sentía orgulloso; también fue el inició de su vida literaria con el relato The Expelled (Expulsado), basado en los hechos y publicado en The New Republic en 1930.Pero su vida de narrador había empezado antes . Lo cuenta en la entrevista que le hizo The Paris Review en 1976:
"Solía contar historias. Fui a una escuela permisiva llamada Thayerland. Me encantaba contar historias, y si todos hacíamos los cálculos aritméticos -era una escuela muy pequeña -sólo éramos dieciocho o diecinueve estudiantes-, la profesora prometía que yo contaría una historia. Contaba historias por entregas. Era muy astuto por mi parte porque sabía que si no acababa la historia al terminarse el tiempo, que era una hora, entonces todos querrían escuchar el final la siguiente vez."

En los relatos consigue  una precisión geométrica compuesta de ingenio , talento ,  lirismo oculto y el escepticismo de quien cree, como buen expelled, que todos los paraísos están perdidos y para siempre.Es el estilo que le hizo uno de los autores preferidos de  The  New Yorker, la revista que haría proverbial la calidad de sus colaboradores literarios y que fue la primera en publicar, entre otros,  a Nabokov en Estados Unidos.

En  la entrevista de  The Paris Review Cheveer declaraba  sobre su forma de escribir: "No trabajo con tramas. Trabajo con la intuición, la percepción, los sueños, los conceptos".
    


                               
Escribo esto en otra casa al lado del mar, sobre una costa diferente. Las botellas de ginebra y de whisky han llenado de redondeles la mesa junto a la que estoy sentado. La luz es mortecina. En la pared hay una litografía en colores de un gatito con un sombrero floreado, vestido de seda y guantes blancos. El aire huele a moho, pero a mí me parece un olor agradable; reconfortante y sensual, como el agua de las sentinas o el del viento que viene del interior. La marea está alta, y el mar, bajo el acantilado, golpea tabiques y puertas y agita cadenas con tal violencia que la lámpara que tengo sobre la mesa se tambalea. Estoy solo, tratando de descansar después de una serie de acontecimientos que comenzaron un sábado por la tarde, mientras removía la tierra de mi jardín. Enterrada a cosa de medio metro de profundidad encontré una cajita redonda que podría haber contenido betún para los zapatos. conseguí abrirla con un cuchillo. Dentro había un pedazo de hule, y en su interior, una nota escrita en un trozo de papel pautado. Decía así:
Yo, Nils Jugstrum, juro que si no llego a ser miembro del club de campo de Gory Brook antes de cumplir los veinticinco años me ahorcaré.

   Veinte años antes aquella zona había sido tierra de labranza, e imaginé que el hijo de un granjero, viendo los campos de golf, había hecho aquella promesa y la había enterrado después. Me sentí conmovido, como me pasa siempre ante esos incompletos intentos de comunicación en los que damos rienda suelta a nuestros sentimientos más profundos. Era como si aquella nota, semejante a un impulso de amor romántico, me identificara más estrechamente con la tarde.
El cielo estaba azul y tenía una claridad musical. Yo acababa de cortar la hierba y el olor no se había desvanecido aún. Aquello me hizo pensar en los amplios horizontes de amor que se descubren cuando se es joven; en las promesas que se hacen en otros momentos. Al final de una carrera nos dejamos caer sobre la hierba junto a la pista de ceniza, jadeando, y el ardor con que abrazamos el césped del colegio encierra una promesa que habremos de mantener hasta el final de nuestros días., 
Mientras pensaba en cosas apacibles, me di cuenta de que las hormigas negras habían vencido a las rojas y estaban retirando los cadáveres del campo de batalla. Un petirrojo pasó volando, perseguido por dos grajos. El pato, junto al seto de grosellas, acechaba a un gorrión. Pasaron dos oropéndolas, picoteándose, y luego vi, a cosa de treinta centímetros de distancia de donde yo me encontraba, una víbora que estaba terminando de librarse de su oscura piel invernal. No sentía miedo, sino sobresalto por mi falta de preparación ante semejante posibilidad. Allí había un veneno mortífero, algo tan parte del universo como el agua que corría por el arroyo; pero hasta entonces no parecía haber encontrado cabida en  mis pensamientos. 
Volví a casa para coger la escopeta pero tuve la desgracia de tropezarme con uno de mis perros, la de más edad, a quien asustan las armas de fuego. Al ver la escopeta empezó a ladrar y a gemir, cruelmente dividida entre sus instintos y sus ansiedades. Sus ladridos atrajeron al otro perro, cazador por naturaleza, que bajó la escalera a saltos, dispuesto a rastrear un conejo o un pájaro. Y, seguido por los perros, uno ladrando alegremente, la otra horrorizada, volví al jardín al tiempo aún de ver cómo la víbora desaparecía entre las grietas de un muro de piedra.
   Después fui en coche hasta el pueblo, compré semillas para renovar el césped y a continuación me acerqué al supermercado de la carretera 27 para recoger unos brioches que había encargado mi mujer. Supongo que en los días que corren haría falta una cámara cinematográfica para dar idea del aspecto de un supermercado un sábado por la tarde. Nuestro idioma es un conjunto de tradiciones, el resultado de siglos de comunicación. Pero excepto de las pastas y de los pasteles, no había nada tradicional en el mostrador junto al que estuve esperando. Éramos seis o siete personas, detrás de un anciano que empuñaba una larga lista de comestibles, un auténtico rollo de pergamino. Mirando por encima del hombro, leí:
6 huevos
entremeses
   Me vio leer su documento y lo apretó contra el pecho, como un prudente jugador de cartas. De repente, la música de los altavoces pasó de una canción romántica a un chachachá, y la mujer que estaba a mi lado empezó a mover los hombros tímidamente y a dar unos pasos de danza.
   -¿Le gustaría bailar, señora? -le pregunté.
   Era una chica más bien fea, pero aceptó inmediatamente, y bailamos un par de minutos. Resultaba fácil darse cuenta de que le gustaba bailar, pero con una cara como la suya no debía de haber tenido demasiadas oportunidades. Después se sonrojó, se apartó de mi y se acercó a una vitrina, donde se dedicó a estudiar las tartas de crema. Sentí que habíamos dado un paso en la buena dirección, y cuando recogí los brioches y me puse en camino hacia casa estaba de excelente humor. 

                                                  
Un policía me detuvo en la esquina de Alewives Lane para que dejara pasar a un desfile. En primera posición venía una muchacha con botas altas y unos pantalones cortos que realzaban la perfección de sus muslos. Tenía una nariz enorme, llevaba un altísimo gorro de piel, y agitaba rítmicamente un bastón de aluminio. detrás venía otra muchacha, de muslos aún más perfectos y más amplios, que caminaba con la pelvis tan echada hacia adelante que su columna vertebral quedaba extrañamente curvada. Llevaba gafas bifocales y parecía que sacar la pelvis de aquella manera le molestaba mucho. Una banda formada por muchachos, con algún que otro ejecutante de cabellos grises, cerraba la comitiva, tocando The Ciassons Go Rolling Along. No llevaban banderas, ni parecían tener ningún propósito ni meta determinada, y todo resultaba terriblemente divertido. Fui riéndome durante el resto del camino hasta casa.
   Pero mi mujer estaba triste.
   -¿Qué te pasa, cariño? -le pregunté.
   -Nada; pero tengo otra vez la horrible impresión de ser un personaje en una comedia de televisión -dijo- .Quiero decir que soy una persona agradable, voy bien vestida, y mis hijos son guapos y simpáticos, pero me angustia la sensación de que sólo existo en blanco y negro, y de que cualquiera, con sólo usar el mando del televisor, puede hacerme desaparecer.
   A menudo mi mujer está triste porque su tristeza no es suficientemente intensa; se apena porque sus aflicciones no son insoportables. Se lamenta de que su pesar no sea lo bastante trágico, y cuando le digo que su pesar, por lo inadecuado de su pesar, puede significar un nuevo matiz en el espectro de las penas humanas, no se siente consolada.
Sí, es cierto que a veces pienso en dejarla. Podría prescindir de ella y de los niños sin demasiadas dificultades; podría pasar sin la compañía de mis amigos, pero no soy capaz de separarme de mi césped y de mi jardín; no puedo dejar las contraventanas del porche que yo mismo he reparado y pintado; no puedo renunciar al zigzagueante sendero de adoquines que yo mismo he construido entre la puerta lateral y la rosaleda; por eso, aunque mis cadenas estén hechas con grama y con pintura para interiores, me tendrán bien sujeto hasta el día de mi muerte.

                                                      
Pero en ese momento  agradecí a mi mujer lo que acababa de decir; le agradecí la afirmación de que las realidades más exteriores de su vida tenían la consistencia de los sueños. Las energías de la imaginación en libertad habían creado el supermercado, la víbora y la nota de la caja de betún. Comparados con estas cosas, mis ensueños más desaforados tenían la vulgaridad de las entradas dobles en un libro de contabilidad. Me agradaba pensar que nuestra vida normal tiene la consistencia de los sueños y que en nuestros sueños volvemos a encontrar las virtudes tradicionales. Al entrar en la casa me encontré a la asistenta fumando un cigarrillo egipcio que había robado y reconstruyendo las cartas rotas tiradas a la papelera.
   Aquella noche fuimos a cenar a Gory Brook. Consulté la lista de los socios para ver si encontraba algún Nils Jugstrum, pero no estaba allí, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y con qué motivo? En el club de campo de Gory Brook todo seguía como siempre. Gracie Masters, la única hija de un empresario de pompas fúnebres con muchos millones, bailaba con Pinky Townsedd. Pinky estaba en libertad provisional., con una fianza de cincuenta mil dólares, acusado de manipular el mercado de valores.Cuando el juez fijó la fianza, Pinky se sacó los cincuenta mil dólares del bolsillo. Yo estuve bailando un rato con Millie Surcliffe. Las piezas que tocaba la orquesta eran Rain, Moonlight on the Ganges, When the red red robin comes bob bob bobbin'aleng, Five foot two, eyes of blue, Carolina in the morning y The Sheik of Araby. 
Parecía que estuviéramos bailando sobre la tumba de la cohesión social. Pero aunque la escena fuese decididamente revolucionaria, ¿dónde estaba el nuevo día, el mundo del futuro? Al reanudar su actuación la orquesta tocó Lena from Palesteena, I'm forever blowing bubbles, Lousville Lou, Samiles y The red robin una vez más. Esta última pieza nos hizo movernos de verdad, pero cuando la orquesta limpió la saliva de los instrumentos, comprobé que movían la cabeza con gestos de profunda desaprobación ante nuestras cabriolas. Millie volvió a su mesa, y yo me quedé de pie junto a la puerta, preguntándome por qué, cuando la gente abandona la pista de baile durante un descanso de la orquesta, mi corazón se acelera como cuando veo a los bañistas recoger sus cosas y abandonar la playa porque la sombra del acantilado se proyecta ya sobre el agua y la arena; preguntándome si mi corazón se acelera porque veo en ese apacible acto de marcharse las energías y el atolondramiento de la vida misma.
   El tiempo, me parece a mí, nos despoja brutalmente del privilegio de ser simples espectadores y, al final, la pareja que discute con voces destempladas en el vestíbulo del Grande Bretagne (de Atenas) en mal francés resultamos ser nosotros.Otras personas ocupan ahora nuestro sitio tras las palmeras enmacetadas, o en aquel tranquilo rincón del bar,y, al quedar al descubierto, buscamos inevitablemente a nuestro alrededor otras posibilidades de   observación. Lo que yo quería aislar no era, por tanto, una cadena de hechos, sino una esencia: algo así como esa indescifrable colisión de sucesos que puede llevar a la alegría o a la desesperación.Lo que yo quería conseguir que mis sueños, a pesar de la incoherencia del mundo, tuvieran legitimidad. Nada de esto influía, sin embargo sobre mi estado anímico, y bailé, bebí y conté chistes hasta la una, hora en que volvimos a casa.

                                                      
Encendí la televisión  y estaban dando un anuncio que, como muchas de las cosas que había visto aquel día, me pareció terriblemente divertido. Una joven, con acento de haberse educado en un internado, preguntaba:"¿Molesta usted al prójimo con el olor de las pieles húmedas? Una capa de martas cibelinas de cincuenta mil dólares, si se moja en un chaparrón, olerá peor que un perro de caza que ha estado persiguiendo a un zorro por un terreno pantanoso. Nada huele peor que un visón húmedo. Hasta una ligera niebla hace que las pieles de cordero, de zarigüeya, de civeta, de marte, y otras menos costosas y útiles huelan tan mal como una jaula de leones mal ventilada. Evítese malos ratos y preocupaciones con ligeras aplicaciones de Elixircol antes de usar sus pieles..."Aquella presentadora pertenecía al mundo de los sueños, y así se lo dije antes de apagar el televisor. Me quedé dormido a la luz de la luna y soñé con una isla. 
 Me acompañaban algunos hombres más, y parecía que habíamos llegado hasta allí en un barco de vela. Recuerdo el color bronceado de nuestra piel y que, al tocarme la mandíbula, advertí la presencia de una barba de tres o cuatro días.Estábamos en una isla del Pacífico. En la atmósfera había un olor a aceite rancio de cocinar, señal de que se trataba de la costa de China. Habíamos desembarcado a media tarde, y no parecía que tuviéramos muchas cosas que hacer. Vagabundeamos por las calles. Debía de haber habido tropas de ocupación o una base militar, porque muchos de los rótulos de los escaparates estaban escritos en algo que se asemejaba al inglés: "Ze corta pelo zepillo", rezaba un cartel en una barbería oriental. En muchas de las tiendas se veían imitaciones de whisky norteamericano, escrito con una curiosa ortografía: "Whiskky". 
Como no teníamos nada mejor que hacer, visitamos el museo local. Había arcos, anzuelos primitivos, máscaras y tambores. Al salir del museo entramos en un restaurante y pedimos de comer.Yo tenía dificultades con el idioma, pero me sorprendió descubrir que se trataba de dificultades muy concretas. Parecía como si lo hubiese estudiado antes de desembarcar. Recordé con toda claridad que había sido capaz de construir una frase completa cuando el camarero se acercó a nuestra mesa: "Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego", dije.El camarero sonrió y me felicitó y, cuando desperté, las palabras de aquel idioma hicieron que la isla soleada, su población  y su museo fueran algo real, vivo y permanente. Recordé con añoranza a sus tranquilos y cordiales nativos y el pausado ritmo de sus vidas.

                                                       

   El domingo transcurrió agradable y velozmente en una sucesión de fiestas, pero por la noche tuve otro sueño. Me hallaba en Nantucket, de pie junto al ventanal del dormitorio de la casa que hemos alquilado algunas veces.Estaba mirando hacia el sur, siguiendo la agradable curva de la playa. He visto playas mejores, más hermosas y más blancas, pero cuando tengo delante su arena amarilla y su curva peculiar, siempre me parece que si  contemplo la ensenada el tiempo suficiente acabará por revelarme algo. 
Había abundantes nubes en el cielo. El agua tenía un color grisacio. Era domingo, aunque no sabría decir cómo llegué a averiguarlo. Era tarde y oía un agradable ruido de platos que me llegaba desde el hotel, donde las familias disfrutaban con sus cenas dominicales en el viejo comedor de tablas machihembradas. Entonces vi una figura solitaria que atravesaba la playa. Parecía un sacerdote o un obispo. Llevaba báculo, mitra, capa pluvial, casulla, alba y sotana, como para celebrar una misa de pontifical. Sus ornamentos estaban ricamente bordados en oro, y de vez en cuando la brisa del mar los agitaba. Tenía el rostro totalmente afeitado. No se distinguían sus facciones a la escasa luz del atardecer. Me vio apoyado en la ventana, alzó la mano y me llamó:"Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego". Después apresuró el paso apoyándose sobre el báculo como si fuera un bastón, aunque sus pesados ornamentos no le permitieran avanzar demasiado de prisa. Cruzó frente a la ventana donde yo estaba y luego desapareció donde la curva del promontorio ocultaba la curva de la playa.
   Trabajé el lunes, y el martes a las cuatro de la mañana me desperté de un sueño en el que había estado jugando al fútbol americano y ganaba mi equipo. El marcador señalaba dieciocho a seis. Era un partido de domingo por la tarde, entre aficionados, en el jardín de alguien. Nuestras mujeres y nuestras hijas nos estaban mirando desde los laterales del del campo, donde había mesas, sillas y bebidas. La jugada de la victoria fue una carrera muy larga, y cuando marcamos el tanto, una chica rubia y alta llamada Helen Farmer se levantó y organizó una especie de coro para animarnos. 
           -Ra,ra,ra- decían-. " Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego."                    Ra,ra,ra.
                      Nada de eso me desconcertó. En cierta manera era lo que yo había querido. ¿No es el ansia de descubrir lo que hace invencible al hombre? La repetición de aquella frase tenía para mi todo el atractivo de un descubrimiento. El hecho de que yo jugara con el equipo vencedor hizo que me sintiera feliz y bajé a desayunar lleno de optimismo; pero nuestra cocina , desgraciadamente, también forma parte del país de los sueños. Con sus paredes lavables de color rosa, sus luces frías, su televisor empotrado (estaban diciendo unas oraciones) y sus plantas artificiales en macetas, hizo que sintiera nostalgia de mi sueño, y cuando mi mujer me ofreció el estilete y el blog mágico en el que apuntamos lo que queremos de desayuno, escribí:  " Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego." Ella se echó a reír y me preguntó qué significaba. Cuando repetí la misma frase -aquello parecía ser, en realidad, la única cosa que deseaba decir- empezó a llorar y me di cuenta, al observar la amargura de sus lágrimas, que me vendría bien una temporada de descanso. El doctor Howland me administró un sedante, y después de comer tomé el avión para Florida.      
                                                        
   Ahora ya es tarde. Bebo un vaso de leche y tomo una píldora para dormir. Sueño que veo una hermosa mujer arrodillada en un campo de trigo. Sus cabellos de color castaño claro son abundantes y su falda, amplia. Parece una ropa pasada de moda -una ropa de antes de mi época-,  y me pregunto cómo puedo conocer y sentir tanta ternura por una mujer vestida con ropa que podría haber usado mi abuela. Y sin embargo parece real, más real que Tamiami Trail, seis kilómetros al este, con sus Smorgoramas y sus puestos de Giganticburger; más real que las callejuelas de Sarasota. No le pregunto quién es. Sé lo que dirá. Pero ella sonríe y empieza a hablar antes de que pueda marcharme:" Porpozec ciebie...",comienza. 
En ese momento o bien me despierto desesperado, o me despierta el ruido de la lluvia sobre las palmeras. Pienso en los campesinos que, al oír la lluvia, estirarán los brazos doloridos y sonreirán, pensando en el agua que se derrama sobre sus lechugas y sus coles, su cebada y su avena, sus chirivías y su maíz. Pienso en los fontaneros que, al despertarlos la lluvia, sonreirán ante una visión del mundo en el que ya no queden desagües  atascados. Desagües en ángulo recto, desagües retorcidos, desagües sofocados por las raíces y llenos de orín, todos gorgotean y descargan sus aguas en el mar.
Pienso en que la lluvia despertará a alguna anciana que se pregunte si ha olvidado en el jardín su ejemplar de Dombey e hijo. ¿Quizá el chal? ¿Se acordó de tapar las sillas? Y sé que ruido de la lluvia despertará a alguna pareja de amantes y que ese ruido les parecerá parte de la fuerza que los ha arrojado al uno en brazos del otro. Entonces me incorporo en la cama y exclamo en voz alta, hablando conmigo mismo: "¡Valor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Amabilidad! ¡Prudencia! ¡Belleza!" Las palabras parecen tener el color de la tierra, y mientras las recito siento que crece mi esperanza hasta quedar satisfecho y en paz con la noche.

Relacionado:
John CHEEVER, La Navidad es triste para los pobres 


John CHEEVER, Relatos 2, Emecé 2001 (traducción jaime zulaica)


domingo, 30 de marzo de 2014

OCTAVIO PAZ la mirada encendida/ 31 marzo 1914-2014



Las Guerras de PAZ, 31 marzo 2014




El lunes 31 de marzo se celebra  el Centenario de Octavio Paz   que en sus textos supo equilibrar pensamiento, sentimiento y emoción en una dimensión que hacen de él  un clásico y uno de los pensadores decisivos en lengua española. Poeta y ensayista , en su obra en prosa se encuentran inspirados  y estimulantes estudios sobre  arriesgadas obras del arte contemporáneo. En esta ocasión  un breve apunte sobre Chardin, el pintor francés del s. XVIII, sirve para   reflejar la  mirada sensible y sabia de Paz, -"el ojo que piensa"  y siente-, capaz de apreciar  la sutileza de las  imágenes y encontrar en ellas su genuino  sentido.
                     Frutas, jarro y vaso, 1726-28, ól/lz, 34 x 43 cm, National Gallery, Washington

Caja de tabaco, 1737, ól/lz, 32 x 40, m. Louvre.
Retrato de Auguste Gabriel Godefroy, 1738, ól/lz, 67 x 76

La Vuelta del Mercado, 1939, ól/lz, 47 x 38 cm, m.Louvre
                                     La Gobernanta, 1739, ól/lz, 47 x 38, National Gallery, Otawa
Muchacha con raqueta, 1740, ól/lz, 82 x 66, Uffizi, Florencia

                                   Naturaleza muerta con jarro de aceitunas , 1760, ól/lz, 71 x 98,  Louvre.
 Vaso de  Agua, 1760, ól/lz, 32 x 41, Pittsburgh
                                       Cesto de Melocotones, 1768, ól/lz, 32 x 30, M. del Louvre.

La Copa de Plata, 1768, ól/lz, 33 x 41, Louvre.
Autorretrato, 1771, pastel, 46 x 38, M. Louvre




                   Pintar con el corazón: J-B.S. Chardin

En las salas del Grand Palais de París se celebra en estos días una gran retrospectiva de Jean-Baptiste Simeón Chardin. La primera -dos siglos después de su muerte. Admirado por Diderot, desdeñado por David y los románticos, redescubierto por los Goncourt y exaltado por Proust, que le dedicó páginas no menos entusiastas y penetrantes que las de diderot, Chardin es el pintor por excelencia de la vie silencieuse. Sus temas son íntimos y humildes -el pescado muerto, la liebre, la cacerola, la jarra de aceitunas, la niña con la raqueta, el autorretrato con lentes y gorro- pero cada uno de sus cuadros nos revela que la realidad cotidiana es un mundo insólito, nunca visto. Chardin fue el primero (o uno de los primeros) que pintó a los objetos y a las personas como realidades visuales, independientemente de su rango, su función y su significación. Una cebolla no le parecía menos noble, pictóricamente, que una perla o una rosa. Por eso, observa Pierre Schneider: "Cézanne, Matisse,  y los cubistas reconocieron en él al primer pintor abstraccionista". En efecto, en la obra de Chardin se quiebra por primera vez la correspondencia entre pintura y tema. En esto reside su modernidad. Sin embargo, este precursor de la abstracción moderna fue siempre fiel al modelo: pintó lo que sus ojos veían y no, como Cézanne y sus descendientes, los arquetipos que están detrás de las apariencias, En un primer movimiento, Chardin salva al a pintura de su dependencia del objeto; en un segundo momento, la pintura le sirve para salvar al objeto, sea este un pedazo de pan o un pescado o un vaso de vino, o una mujer sellando una carta. El vaso es de vidrio corriente, el pez ha sido horriblemente despedazado, la mujer no es Fata Morgana sino nuestra vecina, pero Chardin transforma cada una de estas realidades en una verdadera epifanía. Sus cuadros son revelaciones, en el sentido religioso de la palabra. La estética de Chardin se sitúa en el extremo opuesto de la poética de Mallarmé. Para Mallarmé la poesía no se hacía con ideas sino con palabras: en cambio, Chardin le dijo a un pintor que se vanagloriaba del uso del color: "Pero ¿quién le dijo que se pinta con colores?". El otro asombrado repuso: "Entonces, ¿con qué?" y Chardin:"Nos servimos de colores pero pintamos con los sentimientos".
                                                                                                                 México, abril de 1979.




Octavio Paz, Los privilegios de la vista I, Obras completas, edición del autor, Círculo de Lectores, 1990




sábado, 1 de febrero de 2014

Quinteto para César Vallejo






 Antonio Colinas escribía el 28 de enero  en recuerdo de José Emilio Pacheco : 
"Lo cierto es que la poesía en español que nos llega de América sigue siendo llamativa y de un alto "voltaje" expresivo, incluso la de los más jóvenes;"
La idea compartida,como lector, lleva a que en  Quinteto para César Vallejo convivan  versos -arrolladores y cálidos- del  gigante  Neruda y  de otros poetas  también grandes, junto a  los de un poeta joven. Todos , además de  Bukowski -que pertenece a otra lengua y es testimonio de la universalidad de Vallejo-, tienen en común  dedicar al peruano versos verdaderos  y conmovidos.  El Quinteto lo forman :  Pablo Neruda, Audomaro Ernesto, Jose Ángel Valente, José Emilio Pacheco y Charles Bukowski.




1.-
ODA A CÉSAR VALLEJO  

A la piedra en tu rostro,
Vallejo,
a las arrugas
de las áridas sierras
yo recuerdo en mi canto,
tu frente
gigantesca
sobre tu cuerpo frágil,
el crepúsculo negro
en tus ojos
recién desencerrados,
días aquéllos,
bruscos,
desiguales,
cada hora tenía
ácidos diferentes
o ternuras
remotas,
las llaves
de la vida
temblaban
en la luz polvorienta
de la calle,
tú volvías
de un viaje
lento, bajo la tierra,
y en la altura
de las cicatrizadas cordilleras
yo golpeaba las puertas,
que se abrieran
los muros,
que se desenrollaran
los caminos,
recién llegado de Valparaíso
me embarcaba en Marsella,
la tierra
se cortaba
como un limón fragante
en frescos hemisferios amarillos,
te quedabas

allí, sujeto
a nada,
con tu vida
y tu muerte,
con tu arena
cayendo,
midiéndote
y vaciándote,
en el aire,
en el humo,
en las callejas rotas
del invierno.

Era en París, vivías
en los descalabrados
hoteles de los pobres.
España
se desangraba.
Acudíamos.
Y luego
te quedaste
otra vez en el humo
y así cuando
ya no fuiste, de pronto,
no fue la tierra
de las cicatrices,
no fue
la piedra andina
la que tuvo tus huesos,
sino el humo,
la escarcha
de París en invierno.

Dos veces desterrado,
hermano mío,
de la tierra y el aire,
de la vida y la muerte,
desterrado
del Perú, de tus ríos,
ausente
de tu arcilla.
No me faltaste en vida,
sino en muerte.
Te busco
gota a gota,
polvo a polvo,
en tu tierra,
amarillo
es tu rostro,
escarpado
es tu rostro,
estás lleno
de viejas pedrerías,
de vasijas
quebradas,
subo
las antiguas
escalinatas,
tal vez
estés perdido,
enredado
entre los hilos de oro,
cubierto
de turquesas,
silencioso,
o tal vez
en tu pueblo,
en tu raza,
grano
de maíz extendido,
semilla
de bandera.
Tal vez, tal vez ahora
transmigres
y regreses,
vienes
al fin
de viaje,
de manera
que un día
te verás en el centro
de tu patria,
insurrecto,
viviente,
cristal de tu cristal, fuego en tu fuego,
rayo de piedra púrpura. /Pablo Neruda, Chile,1904-1973



2.-

Carta a César Vallejo

J´ai tant neigé
pour que tu dormes
Georgette


Vine aquí
y me doy cuenta que la frialdad de los parisiens
es intraducible al calor de nosotros
hermano
Es raro que de todas las casas del mundo
hayas escogido ésta
En nuestros países aún florece la miseria
los cartoneros son dueños de las calles
y el progreso es promesa que aparece
en los diarios
Es raro César
que toda tu cólera sea ahora esta piedra
y que estos heraldos
bajen y se posen sobre tu silencio

Cuántos poemas tuyos no habrán escuchado estos árboles
cuántas cosas no le habrás dicho
a esta tierra gris y fría
Seguramente los otros te observan
cuando sales de tu muerte a caminar en harapos
Seguramente conocen tu poesía
y tú la de ellos

Recuerdo cuando eras tema de charla
y te maltratábamos sintiéndonos los mejores necrólogos
Hoy ante ti
el río que soy se desborda por los ojos
la misma agua que deseaste cuando no era tiempo de partir
Hoy el cielo tiene limpio el rostro
y lejos está aquel deseo tuyo

Pero si debo decir la verdad
si tengo que confesarte la razón
que me trajo hasta aquí
es para decirte que
yo nací no cuando Dios estuvo enfermo
sino el día que los ángeles y yo velamos su cadáver
(escritura hospital de enunciados)
Recuérdalo querido César
toda tu muerte /Audomaro Ernesto (Villahermosa, México, 1983).

           
                                 
3.-
César Vallejo

Ése que queda ahí,
que dice ahí
que ya hemos empezado
a desandar el llanto,
a desandar los doses
hacia el cero caído.

El niño, padre
del hombre aquel izado
a bruscos empujones
de desgracia.

El pobre miserable
que nos lanza puñados
de terrible ternura
y queda suavemente sollozando,
sentado en su ataúd.

El mendigo de nada
o de justicia

El roto, el quebrantado,
pero nunca vencido.
El pueblo, la promesa, la palabra. /José Ángel Valente, España, 1929-2000



4.-
CÉSAR VALLEJO 

Mala para mis huesos esta humedad
que penetra como un cilicio.

Aquí sucumbe de mal de mar el nativo
de tierra adentro, de ciudades altas,
secas o muertas.
México en el páramo
que fue bosque y laguna
y hoy es terror y quién sabe.

Por la ventana
entra el aire de Lima,
la humedad
como una forma de llanto.

En este viernes
15 de abril,
a medio siglo
de que murió Vallejo

-y uno habla y habla./ José Emilio Pacheco,México 1939-2014

                                     
5.-
Vallejo / Charles Bukowski

it is hard to find a man
whose poems do not
finally disappoint you.

es difícil encontrar un hombre
cuyos poemas no
acaben por decepcionarte.


Vallejo has never disappointed
me in that way.

Vallejo nunca me ha decepcionado
de ese modo.


some say he finally atarved to
death.

hay quien dice que al final se murió
de hambre.


however
his poems about the terror of being
alone
are somehow gentle and
do not
scream.

sea como fuere
sus poemas sobre el terror a estar
solo
son en cierto sentido amables y
no
chirrían.


we are all tired of most
art.
Vallejo writes as a man
and not as an
artist.
he is beyond
our understanding.

todos estamos hartos de casi todo el
arte.
Vallejo escribe como hombre
y no como
artista.
está más allá de
nuestro entendimiento.


I like to think of Vallejo still
alive
and walking across a
room, I find

me gusta pensar que Vallejo sigue
vivo
y atraviesa una
habitación, encuentro


the sound of Cesar Vallejo's
steadfast tread.

el sonido de los firmes pasos de
César Vallejo


imponderable.

imponderable.


Ch. Bukowski :Lo más importante es saber atravesar el fuego.Ed.,  La Poesía, Señor Hidalgo. Barcelona   http://www.poesiahidalgo.com/i_fondo.htm


jueves, 28 de noviembre de 2013

DOSTOIEVSKI y HOLBEIN en BASILEA

.





En 1867 Dostoievski  huyendo de sus acreedores  viajó con su mujer Anna al extranjero.En Basilea el Cristo yacente de Holbein le produjo una honda conmoción, como refleja en El idiota, la novela que escribió   durante los cuatro  años de ausencia.


Hans Holbein el Joven

En Alemania a partir del siglo XV confluyen influencias contrapuestas desde los centros artísticos de la época: Flandes, y su pintura de  espíritu analítico y detallista y/e  Italia, en la que predominaban los valores humanistas y racionales, más abstractos, del Renacimiento. Junto a ellas se mantenía una corriente local subterránea  de expresionismo que atraviesa la plástica alemana desde la Edad Media.

Entre 1470 y 1543 -el nacimiento de Mathias Grúnewald y la muerte de Holbein- se suceden  los grandes maestros alemanes : Mathias Grünewald- Alberto Durero- Lucas Cranach- Albrecht Altdorfer y Hans Holbein  que hacen de Alemania un lugar destacado en la pintura europea del Renacimiento.

George Gisze, 1532, 96 x 85, Berlín



Holbein nació en 1497 en Ausburgo, la ciudad que dominaba la floreciente economía del Sur de Alemania, como al Norte,  las ciudades agrupadas en la Hansa, dominaban  el comercio del Mar del Norte y del Báltico. En ella  junto a las primeras formas de capitalismo industrial y financiero se difundían las corrientes humanistas por las que el joven pintor se sentía atraído.   Era también la ciudad de los Fugger los banqueros que financiarían las empresas bélicas y políticas del Emperador Carlos V en las giraban en torbellino los  graves problemas políticos y religiosos europeos agitados por el racionalismo renacentista y el naciente nacionalismo alemán.


Hans Holbein el Joven                        La familia del pintor,1528, Basilea


Erasmo de Rotterdam, 1523,43 x 33      Estudio de las manos de Erasmo


Hans Holbein, pertenecía a una familia de pintores de talento. A los diecisiete años trabajaba   en Basilea y permanecerá en la ciudad suiza entre 1516-1526.Allí conoce a  Erasmo de Rotterdam para  quien ilustra uno de sus  libros,  y de  quien pinta varios retratos.  Erasmo le aconseja ir a Inglaterra y le recomienda a otro  humanista, su amigo Tomás Moro,  canciller  de Enrique VIII, que será su   mecenas.

En los  años de Basilea se concentra la mayor parte de las  pinturas religiosas de Holbein, ninguna  del extremado expresionismo del  Cristo yacente de 1521- . Una vez dejada atrás  la temática religiosa, el pintor se centrará en el retrato y llegará a ser uno de los grandes retratistas de la historia del arte .

La influencia de la pintura italiana contemporánea es evidente en su obra, aunque  no haya documento que certifique que viajara a Italia. debió estar allí,como muestra que incorporara en su pintura  las  innovaciones  del Renacimiento italiano  y modos  de Leonardo, Mantegna y otros pintores  del Sur. 

Enrique VIII, 1539, 88 x 75,                       Tomás Moro, 1527

Eduardo, Príncipe de Gales,1539            Ana de Cléves, 1539, 65 x48

  Robert Cheseman, 1533                    Los embajadores, 1533, 206 x 209, Londres

ELondres, permanece entre 1526-28 y vuelve en 1532 en un periodo  final que terminará con su muerte  en  la gran peste que asoló la ciudad en 1543.
Fue  pintor de Enrique VIII y su familia, de la aristocracia  y de los ricos comerciantes que representaban a la Hansa en Londres...

Al rey le retrata en varias ocasiones, siempre excesivo en la pose y el adorno.Petulante protagonista de un reinado intenso en líos amorosos, rupturas religiosas, expropiaciones de bienes eclesiásticos y  crímenes legales como las ejecuciones en la Torre de Londres de dos de sus esposas o del insobornable  autor de Utopía, su antiguo canciller  Tomás Moro .Del primer viaje es el retrato monumental  de Tomás Moro,a quien Holbein retrata como retratará  al rey ocupando todo el espacio,también simbólicamente, y que resulta  inquietante por la mirada directa con  que el canciller parece interrogar...

En 1528 al volver  a Basilea,  invierte el dinero ganado en Inglaterra en una casa para la familia, pero Basilea se había vuelto fanáticamente protestante, el Consejo de la ciudad prohíbe la reproducción de imágenes y se producen motines iconoclastas. En 1532 parte otra vez para Londres  y aunque el Consejo  trata de retenerlo, Holbein que era ya un pintor de fama internacional posiblemente encontrara inseguro y provinciano el ambiente de la ciudad y aunque volverá algunas veces a Basilea fijará su residencia en Londres.

Es un  gran dibujante  de trazos fluidos, enérgicos o ligeros según requiera la obra y con talento para  dotar los rostros de expresión y carácter ; la  experiencia  acumulada,  su talento se   traducen en recursos formales inagotables hasta el punto que sus obras coinciden en la calidad pero divergen en  estilo. Le atrajo lo mejor de la pintura del Norte de tradición flamenca, -retrato del comerciante de la Hansa,  George Gisze, Los embajadores...-, pero también el tipo de retrato o las composiciones  que idearon Leonardo o Tiziano... Hay un equilibrio en su obra que tiende a un cierto clasicismo; por ello sorprende el expresionismo extremo  del Cristo yacente que remite al Retablo de Issenheim,  pintado por   Matthias Grünewald unos años antes.




 Dostoievski en Basilea

Hans Holbein ,Cristo yacente,1521 ól/tabla,30,5 cm x 2 m. Basilea

El soporte de la pintura  es una tabla   que parece  un  féretro,  por la forma y  el tamaño natural de la escala..Es una imagen de  dramatismo intenso difícil de olvidar . Contrasta el realismo tumefacto del rostro, manos y pies del cadáver con la radiación  mística de la luz y el cuidadoso plegamiento de la sábana de refinamiento buscado,   manierista.

Qué  explica el expresionismo extremado de esta imagen dentro de la obra de Holbein... En  sus otras pinturas religiosas    no  hay este grado de patetismo morboso. Aflora aquí  la corriente antigua,  local,  de piedad expresionista;  la misma ,  que pocos años antes invadió, -más visionaria aún-, el alucinado Retablo de Isenheim  de Grúnewald que  Holbein debió conocer.Tal vez intentaba  reafirmar el pintor el valor y la energía de las imágenes insólitas  para robustecer la fe y contradecir  las tendencias iconoclastas de Lutero y sus seguidores ...

El año 1521,es tumultuoso.Se vive en plena efervescencia  de controversia religiosa. Lutero  en enero es excomulgado  por el  papa León X -un Medici del que Rafael hace un extraordinario retrato muy elocuente sobre la actitud de lujo y elitismo distante en que vive  la Iglesia-.  El Emperador  Carlos V cita a Lutero en Worms para que se retracte, pero no lo consigue, [el Emperador tiene 21 años y Lutero  38]. El Protestantismo naciente fractura Europa y el sentimiento religioso se   exacerba. La multicultural Basilea  se irá radicalizando y haciendo irrespirable hasta el punto de que su amigo  Erasmo que enseña en la Universidad aconseja al pintor partir hacia Londres, otra vez, en 1532.
 Cuando me levanté para cerrar con llave la puerta me acordé de pronto de un cuadro que había visto poco antes en casa de  [Rogochin, en una de las salas más lóbregas de su casa, encima de una puerta. Él mismo me lo había enseñado al pasar; no era nada  bueno en sentido artístico; pero me produjo no sé qué rara inquietud. 
El tal cuadro representaba a Cristo recién descendido de la cruz. Me parece que los pintores habitualmente figuran a Cristo en la cruz y descendido todavía con destellos de extraordinaria belleza en el rostro; esa belleza procuran conservársela aun en los momentos más terribles. En el cuadro de Rogochin no había rastro de tal belleza; era enteramente el cadáver de un hombre que ha padecido torturas infinitas antes de ser crucificado; heridas, azotes, que ha sido martirizado por la guardia, martirizado por las turbas, cuando iba cargado con la cruz y bajo el peso de esa cruz ha caído a tierra y finalmente, ha sufrido el suplicio de la cruz por espacio de seis horas (eso por lo menos según mi cuenta). Verdaderamente es aquella la figura de un hombre recién descendido de la cruz, es decir, que aún conserva mucha  vida, mucha tibieza: no ha tenido tiempo aún de ponerse rígido; así que en el rostro del moribundo aún se trasluce el sufrimiento, cual si aún lo experimentase (eso lo ha cogido muy bien el artista); 

pero en cambio la cara está tratada sin piedad; allí solo hay Naturaleza y, en verdad, así debe de ser el cadáver de un hombre, fuese quien fuese, después de tales suplicios. Sé que la Iglesia cristiana estableció, ya desde los primeros siglos, que Cristo ha padecido no figurada, sino realmente, y que su cuerpo por tanto, estuvo sometido en la cruz, de un modo pleno y total, a la ley de la Naturaleza. 
                                     
En aquel cuadro vemos el cadáver de un hombre lacerado por los golpes, demacrado, hinchado, con unos verdugones tremendos, sanguinolentos y entumecidos;los ojos,abiertos; las pupilas sesgadas; los ojos grandes abiertos, dilatados, brillan con destellos vidriosos. Pero cosa rara, cuando miras ese cadáver de un hombre atormentado surge una especial y curiosa pregunta;  si su cadáver así ( e infaliblemente así tenía que ser) lo vieron todos sus discípulos, sus principales apóstoles futuros; lo vieron las mujeres que lo seguían y que estaban al pie de la cruz; todos los que creían en Él y lo adoraban ¿cómo pudieron creer a vista de tal cadáver, que aquel despojo iba a resucitar? Entonces se adquiere la comprensión de que si tan terrible es la muerte y tan poderosas las leyes de la Naturaleza, ¿cómo dominarlas?...¿Como dominarlas cuando no logró vencerlas ni Aquel que venció en su vida a la Naturaleza, que sometida le estaba, a Aquel que exclamó: "Talitha kumi", y la muchacha se levantó; "Lázaro, sal fuera" y salió el muerto? 
La Naturaleza se aparece al mirar ese cuadro, como una fiera enorme, inexorable y muda, o mejor dicho, aunque resulte raro (cual potente máquina de construcción novísima, que sin pensar lo cogió, destrozó y se tragó ,sorda e insensible, a aquel Ser grande e inapreciable), un Ser que él solo valía por toda la Naturaleza y todas sus leyes, por toda la Tierra, la cual es posible que únicamente fuera creada para la sola aparición de ese Ser.

Fiodor Dostoievski, El Idiota, Obras completas, Tomo II, Aguilar 1986






jueves, 15 de agosto de 2013

UN DÍA EN CONEY ISLAND





Isaac B. SINGER ,(Polonia 1904-EE.UU 1991), es  uno de los grandes escritores del siglo XX, según la crítica y  los lectores, muchos de ellos también escritores. Novelas, cuentos y una autobiografía que atrapa y emociona, forman la extensa obra -siempre escrita en yiddish- de su azarosa vida.

"Un día en Coney Island, como muchas de sus historias tiene un marcado carácter autobiográfico y como es habitual en su escritura, una indudable fuerza literaria  que  armoniza  tensión narrativa, emoción,  poesía y pensamiento. 
*Una breve reseña biográfica  en I.B.SINGER y el amigo de Kafka 


                                            
                                                              
                                          
                                                 
                                                        UN DÍA EN CONEY ISLAND


Hoy sé exactamente lo que debía haber hecho aquel verano: mi trabajo. Pero entonces no escribí casi nada. "¿Quién necesita el yiddish en América?", me preguntaba. El editor de un periódico yiddish que publicaba de vez en cuando algún breve relato mío en la edición del domingo, me dijo con franqueza que los demonios , dibbuks y diablillos de hace doscientos años a nadie importaban lo más mínimo. 
Con treinta años de edad, refugiado llegado de Polonia, me había convertido en un anacronismo. Y por si fuera poco, Washington se negaba a prologar mi visado de turista. Lieberman, mi abogado, estaba intentando conseguirme un visado permanente, pero para lograrlo necesitaba presentar: mi partida de nacimiento, un certificado de buena  conducta, una declaración de que contaba con un empleo y de que no me convertiría en una carga pública, así como otros documentos que me era imposible obtener.Preocupado yo escribía cartas a mis amigos de Polonia. Nunca me respondían. Los periódicos predecían que Hitler iba a invadir Polonia de un día para otro.                                         

Abrí los ojos tras un sueño irregular, cargado de pesadillas. Mi varsoviano reloj de pulsera indicaba las once menos cuarto. A través de las rendijas de la persiana penetraba una luz dorada. Podía oír el sonido del océano. Llevaba año y medio viviendo en una habitación amueblada de una vieja casa de Sea Gate, no lejos de donde residía Esther (así la llamaré aquí), y pagaba dieciséis dólares al mes por el alquiler. La señora Berger, mi casera, me daba de desayunar a precio de costo.

                                            
                                     El Queen Mary navega por el Alántico como se vería  a la altura de Coney Island

Hasta que me deportaran a Polonia, me propuse disfrutar de confort americano. En el cuarto de baño  del pasillo ( a esa hora del día no estaba ocupado), me di un baño y pude ver un enorme barco que llagaba de Europa, el Queen Mary o el Normandie. ¡Qué lujo mirar por la ventana de mi cuarto de baño  y ver, además del océano Atlántico, uno de los buques más nuevos y veloces del mundo!. Mientras me afeitaba, tomé una decisión, no les dejaría deportarme a Polonia. No caería en las garras de Hitler. Permanecería en América ilegalmente. Me habían dicho que si estallaba la guerra   tendría muchas probabilidades   de recibir la ciudadanía de modo automático. Le hice una mueca de disgusto a mi imagen del espejo: mi cabello pelirrojo había desaparecido  y tenía los ojos azules llorosos, los párpados inflamados, las mejillas hundidas y una prominente nuez de Adán. 
La gente venía a Sea Gate desde Manhattan para broncearse, yo seguía con una tez de color blanco enfermizo. Mi nariz era fina y pálida, mi mentón puntiagudo, mi pecho plano. A menudo pensaba que mi aspecto no se diferenciaba mucho del de los diablillos que describía en mis relatos. Me saqué la lengua y me dije que no era más que un meshúguerner batlen, un holgazán despistado. 
Pensé que la cocina de la señora Bergen estaría vacía a aquellas horas de la mañana, pero todos estaban allí: el señor Chaikowitz y su tercera  esposa; el viejo escritor Lemkin, que había sido anarquista, y Silvia, que unos días antes me había llevado a  un cine de Mermaid Avenue (hasta las cinco de la tarde, el precio de la entrada era de solo diez centavos) y me había traducido a un yiddish macarrónico lo que decían los gánsteres de la película.En la oscuridad me tomó de la mano, lo cual me hizo sentirme culpable. En primer lugar yo había jurado cumplir los Diez Mandamientos. En segundo lugar estaba traicionando a Esther. Y por último me remordía la conciencia respecto a Anna, que continuaba escribiéndome desde Varsovia. Sin embargo no quise ofender a Silvia.  
Cuando entré en la cocina, la señora Bergen exclamó:
-¡Aquí está nuestro escritor! ¿Cómo puede un hombre dormir tanto? Yo llevo en pie desde las seis de la mañana.
Miré sus gruesas piernas, sus torcidos dedos y prominentes juanetes . Todos me tomaban el pelo. El viejo Chaikowitz dijo:
- ¿Te das cuenta de que has saltado la hora de la oración de la mañana? Seguramente perteneces a los jasidim de Kotzk, que rezan tarde.
Su semblante era blanco y también lo era su perilla. Su tercera esposa, una obesa mujer de gruesa nariz y labios carnosos, se unió a él:
- Apostaría a que es greenhorn ni siquiera posee un par de filacterias.
Y Lemkin dijo:
- Si me preguntaran a mí, diría que se ha pasado la noche escribiendo un best seller.
-Tengo hambre por segunda vez- afirmó Silvia.
-¿Qué vas a tomar hoy?- me preguntó la señora Berger-. ¿Dos bollos con un huevo o dos huevos con un bollo?
-Lo que usted me ponga.
-Estoy dispuesta a ponerte la luna en un plato. Tengo miedo de lo que puedas  escribir sobre mí en tu periódico yiddish.
Me trajo un bollo grande con dos huevos revueltos y un tazón de café. El precio del desayuno era veinticinco centavos, pero le debía a la señora Berger el alquiler de seis semanas y los desayunos de esas seis semanas.
Mientras comía , la señora Chaikowitz hablaba de su hija mayor, que había enviudado hacía un año y ahora había vuelto a casarse.
-¿ Han oído ustedes algo así? -dijo-. A su marido le dio un hipo y cayó muerto. Al parecer, algo se le reventó en el cerebro. Dios nos guarde de las desgracias que pueden ocurrirnos. Le dejó más de cincuenta mil dólares del seguro. ¿Cuánto tiempo puede una mujer joven esperar? Su primer marido era médico; este es abogado, el más grande de América. En cuanto le echó la mirada, dijo: "Esta es la mujer que yo estaba esperando". Al cabo de seis semanas se casaron y viajaron a las Bermudas en luna de miel.  Le compró un anillo de diez mil dólares.
-¿Estaba soltero? -preguntó Silvia.
-Había tenido esposa, pero no era su tipo y se divorció de ella. Ahora recibe de él un montón de dinero, doscientos dólares a la semana de pensión por alimentos. Ojalá lo gaste todo en medicamentos.
Terminé a prisa mi desayuno y salí. Ya en la calle, miré en el buzón, pero no había nada para mí. A sólo dos manzanas de distancia podía ver la casa que Esther había alquilado durante el invierno anterior. En esa casa, ella alquilaba a su vez habitaciones a personas que querían pasar sus vacaciones cerca de Nueva York.  Yo no podía visitarla durante el día; solía ir a hurtadillas bien entrada la noche. Aquel verano se alojaban allí muchos escritores y periodistas de lengua yiddish, y me propuse evitar que conocieran mi aventura con Esther. Puesto que no era mi intención casarme con ella, ¿para qué arriesgar su buen nombre? Esther era casi diez años mayor que yo.Se había divorciado de su marido, un poeta yiddish, modernista y comunista; un sinvergüenza. Se marchó a California y nunca envió ni un penique para la manutención de sus dos hijas menores de edad. Se fue a vivir con una artista que pintaba cuadros abstractos. Esther necesitaba un marido que la mantuviera, a ella y a las niñas, no un escritor yiddish especializado en hombres lobo y espíritus. 
                                     
Pese a que ya llevaba dieciocho meses en América, Coney Island aún me sorprendía. El sol abrasaba como el fuego. El rugido que llegaba de la playa era aún más estruendoso que el del propio mar. En el paseo marítimo entarimado, un vendedor de sandías italiano aporreaba una hoja de estaño con el cuchillo, mientras con voz estrepitosa llamaba a los clientes. Cada cual bramaba a su modo: vendedores de palomitas, de perritos calientes, helados y cacahuetes, algodón de azúcar y mazorcas de maíz. Pasé delante de una barraca de feria en la cual exhibían una criatura, mitad mujer, mitad pez; un museo de cera con figuras de María Antonieta, Buffalo Bill y John Wilkes Booth; una tienda en cuyo interior un astrólogo con turbante, sentado en la oscuridad y rodeado de mapas y globos de las constelaciones celestes, leía los horóscopos. Delante de un pequeño circo, unos pigmeos bailaban, con los rostros negros pintados de blanco y enlazado entre sí por una larga y suelta cuerda. Un mono mecánico inflaba y desinflaba su barriga como un fuelle y reía con una risa estentórea. ;Muchachos negros apuntaban con rifles a unos patitos metálicos. Un hombre medio desnudo de barba negra y cabellera hasta los hombros, pregonaba pociones que reforzaban los músculos, embellecían el cutis y devolvían la potencia perdida. Rompía pesadas cadenas con sus manos y doblaba monedas entre los dedos. Un poco más allá, un médium se proclamaba capaz de invocar los espíritus de los muertos, profetizar el futuro y dar consejos en cuestiones de amor y matrimonio. Yo llevaba encima  un ejemplar  de La educación de la voluntad, de Payot, en polaco. Enseñaba como superar la pereza y realizar trabajo espiritual de modo sistemático, y se había convertido en mi segunda Biblia. Solo que yo hacía lo contrario de lo que el libro predicaba. Desperdiciaba mis días en sueños, preocupaciones y fantasías vacías, y me enredaba en aventuras que carecían de futuro.         
                                           
En el extremo del paseo marítimo entarimado, me senté en un banco. Todos los días se reunían allí el mismo grupo de ancianos para debatir acerca del comunismo. Un hombrecillo de cara redonda y el pelo tan blanco como la espuma movía la cabeza airadamente y gritaba:
-¿Quién va a salvar a los obreros? ¿Hitler? ¿Mussolini?¿Ese socilfascista de León Blum? ¿Ese oportunista de Norman Thomas? ¡Larga vida al camarada Stalin! ¡Benditas sean sus manos!
Un hombre cuya nariz estaba cruzada por venas rotas, gritó en respuesta:
-¿Y qué hay de los juicios de Moscú? ¿Y  los millones de obreros y campesinos que Stalin exilió a Siberia? ¿Qué dices de los generales soviéticos que tu camarada Stalin ejecutó?
-Su cuerpo era corto y a la vez rechoncho , como si con un serrucho le hubieran cortado la parte de en medio. Escupió en su pañuelo y chilló-: ¿Es  Bujarin  realmente un espía alemán del proletariado, casero de chabolas? ¿Acaso recibe Trosky dinero de Rockefeller? ¿ Era Kamenev un enemigo del proletariado? ¿Y qué me dices de ti mismo, casero de chabolas?
Con frecuencia imaginaba que estos hombres  no paraban para comer o dormir, sino que seguían su debate sin interrupción. Saltaban uno sobre el otro como machos cabríos listos para embestir. Saqué un cuaderno y una pluma estilográfica para apuntar un posible tema (quizá acerca de estos contendientes ),  pero en lugar de ello comencé a dibujar un hombrecillo de largas orejas, la nariz como un cuerno de carnero, los pies de ganso y dos cuernos en la cabeza. Luego cubrí su cuerpo con escamas y le añadí unas alas. Eché una ojeada a La educación de la voluntad. ¿Disciplina? ¿Concentración? ¿De qué me servirían si estuviera condenado a perecer en los campos de Hitler? E incluso si sobreviviera, ¿en qué ayudaría a la humanidad una novela o un cuento más? Los metafísicos se habían rendido demasiado pronto, concluí. La realidad no es solipsismo ni tampoco materialismo. Se debe empezar desde el principio: ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es el espacio? Aquí residía la clave de todo el enigma. ¿Quién sabe? Tal vez yo estaba predestinado a resolverlo.
Cerré los ojos y me decidí de una vez por todas a cruzar la barrera entre la idea y el ser, entre las categorías de la razón pura y la cosa en sí. Al otro lado de mis párpados cerrados, brillaba rojo el sol. El golpear de las olas y el barullo de la gente se fundían, Sentía, casi palpablemente, que me sentía a un paso de la verdad. "El tiempo no es nada, el espacio no es nada", murmuré. Pero esa nada es el trasfondo de la composición del mundo. Entonces, ¿qué es lo que compone el mundo? ¿Materia? ¿Espíritu? ¿Magnetismo o gravitación? ¿Y qué es la vida?¿ Qué es el sufrimiento? ¿Qué significa estar consciente? Y si existe Dios, ¿quién es? ¿Sustancia con atributos infinitos? ¿La mónada de mónadas? ¿La voluntad ciega? ¿El inconsciente? ¿Puede Dios ser el sexo, como insinúan los cabalistas? ¿Es un orgasmo que nunca cesa? ¿Es la nada universal, el principio de la feminidad? No iba a llegar a ninguna decisión en ese momento, concluí. Quizá por la noche, en la cama...
Abrí los  ojos y caminé hacia Brighton. Las vigas del tren elevado creaba sobre las aceras una malla de sol y sombra. Un tren que venía de Manhattan pasó como un bólido, con un traqueteó ensordecedor. Con independencia de cómo se defina el tiempo y el espacio, pensé, era imposible estar simultáneamente en Brooklyn y en Manhattan. Pasé delante de escaparates que exponían colchones, muestras de tablillas para azoteas, pollos kosher. Mire detuve frente a un restaurante chino. ¿Debería entrar a almorzar? No, en la cafetería me podría costar cinco centavos menos. Había llegado casi a mi último centavo. Si mi relato "Después del divorcio" no aparecía en la edición del domingo, no me quedaría más opción que el suicidio.
Caminando de regreso, me asombraba de mí mismo. ¿Cómo había podido permitir que mis finanzas menguaran hasta tal punto? Era cierto que a un turista no le estaba permitido tener un trabajo remunerado, pero si fregara platos en un restaurante o consiguiera un empleo como mensajero o como maestro de hebreo, ¿cómo se iba a enterar el Servicio de Inmigración y Naturalización? Era una locura esperar hasta que llegara a la ruina total. Es verdad que me había convencido de que podría alimentarme con las sobras de las mesas de la cafetería. Pero, más tarde o más temprano , el gerente o el cajero notarían la presencia de un carroñero humano. Los americanos prefieren arrojar la comida al cubo de basura  antes que dejar que alguien se la lleve sin pagar. Pensar en comida me hizo sentir hambre. Recordé lo que había leído sobre el ayuno. Si tiene agua para beber, una persona puede vivir unos sesenta días. En otro lugar había leído que, en una expedición al Polo Sur o Norte, Admundsen se había comido una de sus botas. Mi hambre en ese momento, me dije, no era más que histeria. Dos huevos y un bollo contienen suficiente almidón, grasas y proteínas para unos cuantos días. Pese  a todo, algo roía en mi estómago. Las rodillas me flaqueaban. Iba a encontrarme con Esther esa noche, y el hambre conduce a la impotencia. A duras penas, llegué a las cafeterías. Entré, compré un tique de comida y me acerqué al mostrador del bufé. Sabía que los condenados a muerte encargaban su última comida; las personas no desean ir con el estómago vacío ni siquiera a ser ejecutadas. Pensé que eso era una prueba de que la vida y la muerte no guardan relación. Dado que la muerte no tiene sustancia, no puede acabar con la vida. Es solo un marco para los proceso de vida, pero estos son eternos.
Todavía no me había hecho vegetariano, aunque en mi mente ya rumiaba sobre el vegetarianismo. Elegí, no obstante, falda de añojo en salsa de rábano picante con patatas hervidas y fréjoles, un tazón de sopa de fideos, un gran bollo, una taza de café y un trozo de tarta, todo por sesenta centavos. Sujetando la bandeja, pasé delante de mesas llenas de sobras de comida y me detuve delante de una mesa limpia. Encima de una silla estaba el tabloide de la tarde. Aunque deseaba leerlo, recordé las palabras de Payot: "Los intelectuales deben comer despacio, masticar hasta el fondo cada bocado y no leer".Pese a ello, eché un vistazo a los titulares. Hitler exigía de nuevo el corredor de Danzig. Smigly-Rydz había anuncido en el Sejm que  Polonia lucharía por cada milímetro del territorio. El embajador alemán en Tokio fue recibido en audiencia por el Mikado. Un general retirado había criticado  en Inglaterra la Línea Maginot y predijo que caería ente el primer ataque. Los poderes que gobernaban el universo estaban preparando la catástrofe.
Cuando terminé de comer, conté mi dinero y recordé que tenía que llamar al periódico para preguntar por la suerte de mi relato. Sabía que una llamada de Coney Island  a Manhattan costaba diez centavos y que el editor de los dominicales, León Diamond, rara vez acudía a su despacho. Aún así, no podía dejarlo todo en manos del destino.Diez centavos no cambiarían la situación. Me levanté con resolución, encontré una cabina de teléfono desocupada  e hice la llamada.Recé a esos mismos poderes que preparaban la catástrofe mundial para  que la operadora no me conectara con un número equivocado. Le deletreé el número que deseaba con la mayor claridad que permitía mi acento en inglés y me pidió que insertara la moneda. Cuando contestó la telefonista, pedí hablar con León Diamond. Estaba casi seguro de que me diría que él no se encontraba en la oficina; sin embargo oí su voz al otro lado de la línea. Empecé a tartamudear y a disculparme. Cuando le dije quién era, me dijo con brusquedad:
-Tu relato entrará el domingo.
-Gracias. Muchísimas gracias.
-Envíame un nuevo relato. Adiós. 
"¡Un milagro! ¡un milagro del cielo!", grité para mis adentros. En el instante en que colgué , ocurrió otro milagro: comenzaron a salir monedas del teléfono, monedas de diez, cinco, veinticinco centavos. Por un segundo vacilé; quedármelas sería un robo. Sin embargo, la compañía telefónica en ningún caso recuperaría el dinero, y podría encontrarlo alguien que lo necesitara menos que yo. ¡Cuántas veces habré insertado monedas de diez centavos en el teléfono sin conseguir la conexión! Miré alrededor y vi que intentaba entrar en la cabina una mujer gruesa, en bañador y con sombrero de paja de ala ancha. Agarré las monedas, me las metí en el bolsillo y salí, con la sensación de ser una persona nueva. Pedí perdón mentalmente a los poderes que lo saben todo. Salí de la cafetería y caminé dando grandes zancadas hacia Sea Gate. Iba haciendo cálculos: si recibo cincuenta dólares por el relato, daría treinta a la señora Berger para cubrir mi alquiler y los desayunos, y aún me quedarían veinte dólares para gastos.Además, renovaría mi crédito con ella y podría continuar en la habitación. En ese caso, debería llamar a Lieberman, el abogado. ¿Quién sabe? Tal vez ya había tenido noticias del cónsul en Toronto. Un turista no podía conseguir un visado permanente mientras estaba en Estados Unidos. Tendría que viajar a Cuba o a Canadá. El billete para ir a Cuba resultaba demasiado caro como para planteármelo, pero quizá me permitirían entrar a Canadá. Lieberman me había advertido que  tendrían que conducirme clandestinamente desde Detroit hasta Windsor, y la persona que me esperaría al otro lado del puente pediría una suma de cien dólares.
De pronto me di cuenta de que yo no había cometido un robo sino dos. En mi euforia, había olvidado pagar por el almuerzo. Aún llevaba el tique en la mano. Esto, desde luego, era obra de Satanás. El cielo me estaba tentando. Decidí regresar y pagar los sesenta centavos. Caminé con brío, casi corriendo. En la cafetería un hombre de uniforme blanco estaba junto al cajero. Hablaban en inglés. Quise esperar hasta que terminaran, pero continuaban hablando. El cajero me miró de reojo y preguntó:
- ¿Qué deseas?
Respondí en yiddish.
-Olvidé pagar el almuerzo.
El cajero, haciendo una mueca, dijo entre dientes:
-No te preocupes, lárgate de aquí.
-Pero...
-Lárgate de aquí, tú -gruñó- y luego me hizo un guiño.
Con eso comprendí lo que iba sucediendo. El hombre del uniforme blanco seguramente era dueño, o el gerente, y el cajero no quiso que viera que había dejado a un cliente  marcharse sin pagar. Los poderes estaban conspirando para proporcionarme un golpe de suerte tras otro. Salí y a través de la puerta de cristal vi como el cajero y el hombre de uniforme blanco se reían. Estaban riéndose de mí, aquel recién llegado con su yiddish. Pero yo sabía que el cielo estaba sometiéndome a prueba, pesando mis méritos y mis maldades en una balanza: ¿me merecía continuar en América o debería perecer en Polonia? Me avergonzaba mostrar tanta fe después de haberme definido como agnóstico o no creyente, y dije a mis críticos invisibles: "Al fin y al cabo, según Spinoza, todo está predeterminado. En el universo no existen acontecimientos grandes y pequeños. Para la eternidad, un grano de arena es tan  importante como una galaxia."
No sabía qué hacer con mi tique de la comida. ¿Debería guardarlo hasta el día siguiente o tirarlo? Decidí que entregaría el dinero al cajero sin el tique. Lo rompí en pedazos y lo arrojé a la papelera.
En casa, me desplomé en la cama y caí en un sueño pesado, en el que descubrí el secreto del tiempo, del espacio y de la causalidad. Parecía increíblemente sencillo, pero en el instante en que abrí los ojos lo había olvidado todo. Lo que quedó fue el sabor de algo de otro mundo, algo maravilloso. En mi sueño, le había puesto un nombre a mi descubrimiento filosófico; tal vez fue en latín, en hebreo, en arameo o en una combinación de los tres. Me recordaba diciendo en sueños:"El ser no es más que...", y ahí venía la palabra que respondía a todas las preguntas. En el exterior oscurecía. Los bañistas y nadadores ya se habían marchado. El sol se hundía en el océano, dejando una estela de fuego. La brisa traía olor a descomposición submarina. Una nube en forma de enorme pez surgió de la nada, y la luna reptó sobre ella siguiendo sus escamas. El tiempo estaba cambiando; la campana del faro que avisaba de la niebla repicaba en tono agudo. Un remolcador arrastraba tres negras gabarras. Parecía inmóvil, como si el Atlántico se hubiera convertido en el Mar de Hielo que solían describir los libros de cuentos                    
                                       .

Como ya no necesitaba escatimar en comida, entré en la cafetería de Sea Gate y pedí tarta de queso y café. Un periodista yiddish, de pelo blanco y rostro rubicundo, colaborador del periódico que publicaba mis relatos, se acercó y se sentó a mi mesa.
-¿Dónde te has estado escondiendo estos días? Nadie te ve. Me dijeron que resides aquí, en Sea Gate.
-Sí, vivo aquí.
-Yo he alquilado una habitación en casa de Esther. Ya sabes quien es, la exesposa del poeta loco. ¿Por qué  no vas por la casa? Toda la prensa yiddish está allí. Te han mencionado varias veces.
-¿De verdad? ¿Quiénes?
-Oh, los escritores. Incluso Esther te elogia. Personalmente pienso que tienes talento, aunque eliges temas que a nadie importan y en los que nadie cree. No existen los demonios. No existe Dios.
-¿Estás seguro?
-Absolutamente seguro.
-¿Y quien creó el mundo?
-Ah, bueno. La vieja pregunta. Todo es naturaleza. Evolución. ¿Quién creó a Dios? ¿Eres realmente religioso?
-A veces lo soy.
-Solo para llevar la contraria. Si Dios existe ¿por qué permite a Hitler arrastrar a gente inocente a Dachau?¿Y qué hay de tu visado? ¿has hecho algo al respecto? Si no, te deportarán y a tu Dios le preocupará bien poco el asunto.
Le conté mis dificultades y me dijo:
-Solo existe una salida para ti; cásate con una mujer que sea ciudadana americana. Eso hará tu estancia legal. Más adelante, podrás conseguir los papeles y convertirte tú también en ciudadano.
-Yo nunca haría eso -dije.
-¿Por qué no?
-Sería una ofensa tanto para la mujer como para mí.
-¿Y caer en las garras de Hitler es mejor? Eso no es más que estúpido orgullo. Escribes como un hombre maduro, pero te comportas como un muchacho. ¿Cuántos años tienes?
Se lo dije.
-A tu edad, yo estaba exiliado en Siberia por actividades revolucionarias.
Se acercó el camarero y, cuando estaba a punto de pagar, el escritor me arrebató el tique. Tengo demasiada suerte hoy, pensé.
En ese momento miré hacia la puerta y vi entrar a Esther. Con frecuencia se presentaba allí por las tardes, y precisamente por esa razón yo eludía esa cafetería. Esther y yo habíamos acordado de forma tácita mantener en secreto nuestra aventura. Además, me había vuelto patológicamente tímido en América; volví a ruborizarme como cuando era un muchacho. En Polonia nunca me consideré de baja estatura, pero  entre los gigantes americanos me veía pequeño. Mi traje varsoviano parecía estrafalario, con sus anchas solapas y hombreras. Además era demasiado pesado para el calor de Nueva York. Esther no paraba de reprocharme que llevara cuello duro, chaleco y sombrero cuando hacía calor. Ahora, al verme, pareció avergonzarse, como una muchacha provinciana de Polonia. Nunca habíamos estado juntos en público. Pasábamos nuestro tiempo en la oscuridad, como dos murciélagos. Hizo un ademán como para marcharse, pero mi compañero de mesa la llamó. Se aproximó de modo inseguro. Llevaba puesto un vestido blanco y un sombrero de paja con cinta verde. Bronceada por el sol, sus ojos negros tenían un brillo juvenil. Su apariencia no era la de una mujer cercana a los cuarenta; era esbelta y lozana. Se acercó a la mesa y me saludó como si yo fuera un desconocido. Al modo europeo, me estrechó la mano. Se sonrió tímidamente y me habló de usted en vez de tutearme.
-¿Cómo está usted? No le he visto en mucho tiempo -dijo.
-Se está escondiendo -me denunció el escritor-. No está haciendo nada referente a su visado y lo enviarán de vuelta a Polonia. La guerra no tardará en estallar. Yo le acabo de aconsejar que se case con una mujer americana porque de este modo obtendría un visado, pero no me hace caso.
-¿Por qué no? -preguntó Esther. Sus mejillas resplandecían. Esbozó una sonrisa tierna, nostálgica. Se sentó al borde de la silla.
Me hubiera gustado darle una respuesta ingeniosa, con chispa. En lugar de ello, dije avergonzado:
-No me casaría para conseguir un visado.
El escritor sonrió e hizo un guiño.
-No soy un casamentero, pero vosotros dos haríais una buena pareja. 
Esther me miró de manera inquisitiva, con mirada suplicante y cargada de reproche. Yo sabía que tenía que responder en ese momento con seriedad o con una broma, pero no me salía ni una palabra. Me sentí acalorado. Mi camisa estaba empapada y yo estaba pegado al asiento. Tenía la dolorosa sensación de que mi silla se estaba a punto de caer. El suelo se levaba y las luces del techo se entrelazaban, se alargaban y se hacían borrosas. La cafetería comenzó a dar vueltas como un tiovivo.
Esther se levantó bruscamente.
-tengo que encontrarme con alguien -dijo, y se dio la vuelta.

La observé apresurándose hacia la puerta. El escritor sonrió de manera cómplice, se despidió con la cabeza y se acercó a otra mesa para charlar con un colega. Me quedé allí sentado, desconcertado por el repentino cambio de mi suerte. Consternado, saqué las monedas del bolsillo y me puse a contarlas una y otra vez, identificándolas más por el tacto que por la vista , haciendo complejos cálculos. Cada vez, la suma salía diferente.Tal como se presentaba ahora mi partida  con los poderes de arriba, yo parecía haber ganado un dólar con algunos centavos y haber perdido no solo el asilo en América, sino a una mujer a quien amaba de verdad.

                                      


Isaac B. Singer. Cuentos RBA editores.