Bruce Nauman, Indiana,1941.



martes, 12 de mayo de 2020

Carl Andre escultura horizontal







Hasta las obras de Carl Andre
llegan como un eco los versos de T.S.Eliot 
en "Prufrock":
"In the room the women come and go
Talking of Michelangelo"



A partir de los años sesenta una generación de artistas norteamericanos -Robert Morris, David Smith, Frank Stella,Carl Andre, Dan Flavin y Donald Judd...-cambiaron la visión del arte - (el paradigma,el modelo)- con  el Minimalismo y el arte Conceptual. 
El Minimalismo abandona cualquier pretensión de ilusión y de expresividad mientras el arte  Conceptual(años 60,70, 80) encuentra la esencia del arte en la idea que ni siquiera necesita  ser realizada de forma física y hace del lenguaje  el material básico de expresión y del   objeto de la actividad artística  replantear  la naturaleza del arte, ¿qué es arte?. 



La obra de Carl Andre participa del  Mimimalismo y del Conceptual.Además de escultor -sus obras plásticas no dejan de ser objetos tridimensionales frente a la pintura- es poeta visual,utiliza el collage y fabrica objetos que le relacionan con  los rady-made de Duchamp. 
Nació en 1935 en Massachussetts y después de asistir dos años a una academia acabó instalándose  en 1958 en Nueva York  compartiendo estudio con el pintor minimalista Frank Stella. Entre 1960-64 fue fogonero y revisor en los ferrocarriles de Pensilvania. 
Su obra está relacionada con el constructivismo ruso y el surrelismo. Admiraba a Brancusi por la pureza   y esencialidad de sus formas pero al obviar los pedestales tan evidentes y poderosos en el escultor rumano,abatió jerarquías,y eligió la horizontalidad colocando las obras directamente en el suelo, el espacio natural.
Crea su singular poética con elementos modulares  de fabricación industrial de aspecto frío y mecánico, realizando series,desechando cualquier alusión a lo artesano,  a la huella del artista tan presente en el Expresionismo Abstracto anterior del que provenían algunos de estos artistas. Trabajó utilizando formas geométricas elementales ,buscando la simplicidad extrema pero magnetizando  el espacio -el nuevo material-  e interpelando al espectador no apelando a sus emociones  sino a la mente, al pensamiento activado por la contemplación intelectual, y recordando  la conocida frase de Frank Stella -para los que se afanaban  desconcertados por entender el significado de las nuevas obras- "Lo que ves es lo que hay".Sólo eso.








Desde el 8 de septiembre de 1985 en que su mujer Ana Mendieta la artista de 36 años de origen cubano murió precipitándose desde el piso 34 de su casa en el Greenwich Village, Carl Andre está bajo sospecha y es abiertamente acusado de asesinato por algún grupo  feminista. 

Fue juzgado y absuelto. El 9 de febrero de 2020 en El País en un  reportaje sobre Ana Mendieta y su arriesgada  obra de performer,videoartista,cultivadora del earth art,del  body art..., el periodista se pregunta si fue suicidio, accidente o asesinato. En el mismo reportaje la prestigiosa historiadora del arte Barbara Rose "una de las grandes críticas y comisarias artísticas en la escena estadounidense de los setenta, ochenta y noventa, y precisamente esposa de Frank Stella" entonces  le dice al periodista: "Las feministas han acusado siempre a Carl André de matar a Ana, que entonces era su esposa. Él no lo hizo. Los dos estaban borrachos y ella se cayó por la ventana. Carl Andre no era capaz de hacer daño ni a una mosca". 
 



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miércoles, 22 de abril de 2020

Unos versos de T.S. Eliot


Entre los libros que se publicaron en  1922   tres resultaron imprescindibles  el "Ulises" de Joyce, "Trilce" de César Vallejo  y "La tierra baldía" de T.S.Eliot. Del poema de Eliot  se toman unos versos para recordar a  J.M.Calleja un periodista  valiente y necesario que murió ayer.





                                                       Lilas florecidas


The Waste Land / La tierra baldía



I.THE BURIAL OF THE DEAD


April is the cruellest month, breeding
Lilacs out of the deal land, mixing
Memory and desire, stirring
Dull roots with spring rain.
Winter kept us warm, covering
Earth in forgetful snow, feeding
A little life with dried tubers.
Summer surprised us, coming over the Starnbergersee
With a shower of rain; we stopped in the colonnade,
And went on in sunlight, into the Hofgarten,
And drank coffee, and talked for an hour.
Bin gar keine Russin, stamm'aus Litauen, echt deustsch.
And when we were children, staying at the archduke's,
My cousin's he took me out on a sled,
And I was frightened. He said, Marie,
Marie, hold on tight. And down we went.
In the mountains, there you feel free.
I read, much of the night, and go south in the winter.


I. EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS

Abril es el más cruel de los meses, pues engendra
lilas en el campo  muerto, confunde
memoria y deseo, revive
yertas raíces con lluvia de primavera.
El invierno nos dio calor, cubriendo
la tierra con nieve sin memoria, alimentando
un hilo de vida con tubérculos secos. 
El verano nos sorprendió llegando al Starnbergersee
con un golpe de lluvia; nos refugiamos en los soportales
y ya con el sol seguimos hasta el Hofgarten,
y nos tomamos un café y estuvimos charlando una hora.
Bin gar keine Russin, stamm'aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños , estando en casa del archiduque,
él, que era mi primo, me llevó en trineo
y tuve mucho miedo. Dijo: Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y abajo que fuimos.
Allá en las montañas te sientes libre.
Leo, buena parte de la noche, y voy al sur en invierno.



T.S.Eliot, La tierra baldía, Lumen.2014

miércoles, 8 de enero de 2020

Ángel Bonomini: "Capri"



Aún se mantiene  lo que a su muerte en 1994 escribía sobre Ángel Bonomini (Buenos Aires,1929-1994) Marcelo Moreno en Clarín  lamentando que pese a la calidad literaria siguiera siendo un "maestro secreto". "Capri"  trae a la memoria  a Alberto Savinio  con quien el escritor argentino tenía algunas afinidades, -además de dejarse subyugar por Capri-, la excelencia de la obra ,la escasez de lectores,  y participar  de la ensoñación  de un  surrealismo poético bordeado de misterio metafísico.  
De Savinio, el hermano escritor del pintor  Giorgio de Chirico, Leonardo Sciascia decía que era uno de los mejores escritores italianos de la época pero con pocos lectores  y lo atribuía  no a que Savinio no siguiera o tuviera en cuenta  la corriente ideológica dominante de la época  ,-como  le sugería Domenico Porzio con quien dialogaba-, sino a que  era demasiado inteligente para resultar más  popular entre los lectores.
Algo parecido debe suceder con  Ángel Bonomini entre cuyas narraciones  "Los novicios de Lerna", y especialmente "Los lentos elefantes de Milán" dejan sin aliento al lector. 





CAPRI



HICIMOS juntos el bachillerato en el colegio de Belgrano. Casi todas las tardes iba a su casa a tomar el té, a estudiar y, sobre todo, a oír música y a conversar. Pero, finalmente, Umberto volvió con su familia a Capri, donde había nacido.
Fue una amistad de adolescentes que amaban cosas semejantes: la música, la literatura, mujeres imposibles. Pensábamos juntos y , sobre todo, teníamos pasiones y silencios compartidos. 
Después de la guerra empezó a llegar a Buenos Aires, a muy pocas manos, la Antología Sonora. El padre de Umberto se hacía mandar los discos de París y así conocimos la música del Renacimiento y de la Edad Media. Llegamos a saber de memoria las letras de los troveros y de los trovadores y Guillaume de Machault se convirtió en nuestro indiscutido ídolo. 
Pero, como decía, al terminar el bachillerato Umberto regresó a Italia y a partir de entonces, nuestra amistad se mantuvo gracias al recuerdo, a distanciadas cartas. Al principio cartas entusiastas que narraban algún hecho excepcional; después cartas rutinarias; por último, largos silencios. Unos años después supe que Umberto enseñaba en la universidad de Nápoles algo relacionado con nuestros intereses juveniles. Por razones bastante fortuitas pude viajar a Roma para seguir unos cursos en Santa Cecilia. Naturalmente, le escribí a Umberto y, naturalmente, me invitó a pasar unas semanas en Capri. Cuando terminé mis cursos fui a visitar a mi  amigo. 
Su casa, Villa Tragara, no era la menos importante de Capri. Diría, además, que era una de las mejores situadas de la isla , frente a los farallones. A los dos o tres días de mi llegada, la madre de Umberto, que siempre parecía estar tomando examen con la distante mirada de sus ojos clarísimos, me preguntó que pensaba de Capri. Le dije que la veía como un jardín de limoneros y naranjos, de ibiscus y santarritas, de jazmines y madreselvas; un jardín rodeado de mar, de un mar lleno de sirenas. Me contestó brevemente que mis apreciaciones podían satisfacer a cualquier capriota. 
Durante los primeros días caminamos infatigablemente con Umberto, navegamos, visitamos varias villas de amigos suyos, me presentó a una prima, Luciana ( de quien me pareció absolutamente imposible no enamorarse), me mostró la fachada de Santa Ana "que ningún turista conoce, gracias a Dios",dijo, y las columnas de su atrio aparentemente inconclusas; fuimos a ver los cuadros de Diefenbach en la Cartuja de San Giacomo. Aunque con más distancia, nuestra amistad seguía siendo la de siempre y juntos todavía éramos capaces de obrar como dos muchachos: una tarde tuvimos una pelea en el puerto con unos compadritos napolitanos exactamente igual a la que podríamos haber tenido con una patota en cualquier barrio de Buenos Aires y si no salimos victoriosos del encuentro tampoco quedamos humillados. En todo caso el episodio sirvió para reírnos y reafirmar la relación que teníamos. 
La frecuentación de Umberto durante esas semanas fue una manera de ratificar lo que conservaba mi memoria y de lo que creía haber inventado con mi imaginación en más de diez años de no vernos. De algún modo mi amigo seguía siendo el adolescente de elegantes modales y de singular belleza que iba al colegio de Santa Fe y Ecuador, sólo que precozmente maduro. Tenía, como yo, treinta años pero su piel muy blanca empezaba a arrugarse junto a los ojos y ya asomaban canas en su pelo castaño. 
El reencuentro sirvió también para constatar algo que si bien ambos sabíamos creo que ninguno de los dos lo tenía formulado: el hecho de nuestras preferencias  de adolescentes habían señalado  claramente lo que luego haríamos con nuestras vidas. Por su parte había profundizado sus estudios sobre literatura medieval hasta convertirse en una verdadera autoridad, y en lo que a mí respecta, jamás abandoné mis investigaciones sobre la música de ese mismo periodo. 
Teníamos, pues,  muchos puntos en común en nuestras tareas porque no pocas de las figuras más importantes de la literatura de esa época eran las mismas que habían signado la música que yo estudiaba. Advertí, sin embargo, que si bien en mí persistía el mismo o un mayor entusiasmo que cuando habíamos descubierto ese mundo, Umberto demostraba un marcado desinterés, casi un tedio, por esas materias que conocía de un modo insuperable. En los primeros días de Capri pensé que eso era lo único que había creado una especie de vacío entre nosotros. 
Debo decir que el estilo de nuestra amistad impedía aludir, no digo ya explicitar, ciertas intimidades de modo que en ningún momento me referí al evidente decaimiento de su interés por esa disciplina que en cierta manera nos había mantenido unidos. Sin embargo, una noche que caminábamos por una estrecha calle de laureles, me animé a hacerle una pregunta acaso más personal que la que hubiera podido referirse a la literatura. "¿Qué hay del amor?", le dije. Hubo un largo silencio, y ya empezaba a sentirme mal por haber trasgredido una tácita ley que regía nuestra relación cuando me contestó. "Aquí el amor sigue siendo una idea", dijo. Entonces fui yo quien se amparó en el silencio; esperaba que continuase, pero no siguió hablando. 
No era la primera vez que se  refería al amor de un modo que sobrepasaba mi elemental manera de entenderlo. Yo tenía en  mi haber una buena serie de aventuras y de experiencias no tan superficiales en materia amorosa, pero me estaba vedado hablar de eso con Umberto. Para él, por lo que yo podía entrever, tales experiencias no parecían tener una significación  comparable a la que yo les daba. Creo que mi amigo no entendía que el amor fuera un hecho sencillamente humano sino un acontecimiento no del todo desligado del designio de sus antiguos dioses. 
No era para extrañarse demasiado; para Umberto, por como hablaba de ciertas cosas, parecía que no habían pasado los siglos. Afirmaba por ejemplo, con la mayor naturalidad -a veces quise creer que con íntimo humor- que quien estuviera atento podría comprobar que los mitos eran literalmente reales. Por supuesto daba por seguro que las grutas de la isla seguían siendo habitadas por nereidas y que ciertos seres que conocíamos por la mitología nada tenían que ver con la imaginación ni con un presupuesto mundo fantástico, sino que pertenecía a la realidad de todos los días. 
La casa de Umberto tenía un estanque en el jardín. Para llegar a él había que descender por una estrecha pero larguísima escalera de piedra. A unos veinte metros del nivel de la calle, como en un foso, se veía el jardín que, si bien estaba a pocos pasos de la playa, se encontraba separado de ella por un muro de piedra cubierto de enredaderas. Parapetos con balaustradas de mármol cercaban pequeñas terrazas o rellanos que en muy distintos niveles daban calma a la escalera que terminaba por fin en el jardín donde se encontraba el estanque rodeado de flores y hierbas aromáticas. El estanque parecía socavado en la piedra aunque era una formación natural anegada por el agua del mar que llegaba a él por conducto subterráneo, resultado de la erosión de los siglos. 
El encuentro de las flores con la albahaca y el romero, el cedrón y los laureles conformaba un perfume que, especialmente al caer el sol, tenía algo de balsámico y excitante, de benéfico y mórbido. Algo que tendía, por otra parte, a confundir la realidad con la imaginación. En Capri los jardines son tan silenciosos, tan profundos y secretos cuando al atardecer se les exaltan los perfumes, que su realidad se desdibuja y quedan como flotando bajo el aire en que están o parecen estar. El estanque era una lámina negra más que azul, inmóvil en medio de esas plantas fragantes hasta la exageración. 
Una noche, después de comer, estábamos con Luciana y Umberto sentados en la terraza más cercana del jardín y les dije, porque era la real sensación que tenía, que me parecía estar fuera del mundo. 
Luciana afirmó que hasta ellos mismos solían tener esa sensación, pero que no deberían hablar "de ellos mismos" porque los capriotas eran "de otro modo", que ni siquiera se podía afirmar si eran seres a medias o seres dobles. Debo afirmar que tuve un gesto de fastidio -¿qué era eso de seres dobles?-; ya iba a replicar algo cuando Umberto se me adelantó y dijo, dirigiéndose a mí: "Nadie puede entenderlo demasiado bien; sólo puedo asegurarte que se trata de algo comparable a los sueños". 
No contesté pero sentí que con mi torpeza habitual estaba invalidando la intención de mis amigos que trataban de transmitirme algo muy íntimo. Miré a Luciana, su pelo rubio, sus ojos claros. Pensé que difícilmente se podría decir que fuera un ser a medias. ella estaba atenta a su blusa. También yo miré su blusa que dejaba traslucir dos pequeñas zonas redondas y oscuras. Me sorprendí de pronto urdiendo mentalmente una frase procaz y maleva que debí arrojar al basural de mi conciencia. Sobre las fantasmales formas de los farallones brillaban las estrellas. Hablábamos en voz muy baja y las plantas imponían con violencia su perfume. 
Después, en lugar de aceptar los comentarios que acababan de hacerme como generosas confidencias,dije: "No sé que será eso de los seres dobles, lo que creo es que en noches como ésta bien se puede pensar que una sola forma de vida no alcanza."



Desde esa noche no dejé de soñar con Luciana. Más de una vez me desperté en medio de confusas pesadillas en las que ella era siempre protagonista de algo nunca demasiado preciso. Pero no solo dormido la soñaba. Cuando salía a caminar, más que mirar la ciudad, la buscaba por las calles. Cuando no estaba con ella las horas me servían sólo para esperarla. Tratando de no caer en indiscreciones provocaba su presencia en mis conversaciones con Umberto. "Es una capriota típica", dijo una vez su primo, "tanto como los pescadores de la Via Fuorlovado, a quienes se les viene metiendo la sal en la médula desde hace dos mil años". 
Mi amigo hablaba de Capri, de pertenecer a la isla, de ser parte de ella como quien comenta una carga que pesara sobre sus hombros de manera intolerable. Yo percibía que, si bien había un matiz de inocultable orgullo por su condición de isleño, sus palabras también denotaban una agobiante fatiga. Algo así como la mezcla de complacencia y penuria que ha de tener quien debe aceptar irremediablemente su condición de príncipe. 
Carezco de la envidiable facultad de turista que hace gozar de un modo ilimitado lo que no es propio. En realidad, después de un par de semanas de no estar en Buenos Aires añoro los árboles de la calle República de la India, las tipas y los jacarandáes que hay a la vuelta de mi casa, y hasta el mal humor del mozo que me sirve el desayuno. Soy del tipo que extraña, y extraño todo, desde los amigos hasta las veredas destruidas, de manera que trato de afirmar mi conciencia sobre la transitoriedad de mi paso por cualquier ciudad. Una de las cosas que más me gusta de los viajes es volver. Afuera estoy suspendido en un aire irreal, no me siento ser yo mismo. Pero debo confesar que en Capri, Luciana parecía atarme y, por cierto, no sin mi anuencia y hasta con mi beneplácito. 
Empezamos a vernos todos los días por la tarde. A veces, después, comíamos en Villa Tragara.Salíamos a caminar o conversábamos sentados a la mesa de algún café. Y no eran mis peores momentos cuando la evocaba estando solo, alargando las horas con la memoria de su voz, de su silencio, de su risa. 
Durante las últimas dos semanas no nos separamos. Pasábamos casi todo el día y buena parte de la noche en su casa. Por primera vez tener que irme de algún lugar me creaba un intolerable sentimiento de ruptura. Me parecía una manera de malversar algo de un carácter casi sagrado dejar sin más ese estado de encantamiento en que me encontraba. 
Pensaba en Buenos Aires como en una prisión: no podría caminar por sus calles esperando encontrar a Luciana. Durante los últimos días traté de cargar mi memoria con sus gestos, de alimentarme de ella, para que su presencia no me quedara repentinamente amputada cuando tuviera que irme. 
En más de una ocasión traté de volver sobre el tema de esa dualidad a que se había referido en nuestra conversación con Umberto pero me pareció -no por sus palabras, porque nunca me contestó cuando insistí sobre ello, sino por un gesto como de abatimiento con que parecía reemplazar su respuesta- que no quería volver a hablar del asunto y que no volvería a hacerlo. 
Umberto invitó a sus amigos y, por supuesto a Luciana, para despedirme. A todos los había visto por lo menos un par de veces. "Juntos", me advirtió Umberto, "no son más reales que un grupo de actores inventando una comedia". La reunión con esa decena de hombres y mujeres de mi edad, más que parecerme una representación teatral me causó una sensación de inevitable distancia, de extrema lejanía.Toda la noche me hicieron hablar de Buenos Aires, del país. Traté de contestar con la mayor precisión posible las preguntas más diversas, algunas sobre temas que jamás había pensado. Entre otras cosas -y tal vez tuvieran razón ellos al hacérmelo notar- hasta nuestros sueños, o en particular nuestros sueños tendrían que ser distintos de los suyos. Me oían hablar de cosas cotidianas y concretas como si oyeran las más imaginarias y extraordinarias historias. Y no era que me interrogaran por mera cortesía sino porque nuestro país los abismaba. 
Por momentos, más que ellos era yo quien se sorprendía por la fantástica realidad que enunciaban mis palabras. En Capri, después de un año de vivir en Italia, acaso se hubiera exacerbado tanto mi visión del país que a mí mismo se me ocurrió que involuntariamente podría estar mezclando la memoria con la imaginación. Pero de pronto me pregunté: si yo no estoy inventando nada ¿por qué decimos que nos parecemos si somos tan diferentes?


Comimos, bebimos, bailamos, caminamos por el jardín, oímos música, y por fin todos se fueron. Umberto volvió, si no a exponer, a aludir su teoría y de algún modo repitió que el amor era una idea. Volví a silenciar mi opinión, en ese caso porque tenía una refutación demasiado próxima y terminante: Luciana. 
Sentí que mi amigo mostraba por única vez falta de sensibilidad o por lo menos de imaginación. Me pareció que lo ahogaba la falta de libertad o de una indispensable gota de inocencia. Debí sofocar un impulso de violencia cuando advertí que nada comprendía de Luciana, de mí, ni de lo que nos ocurría. No percibir que tener que irme representaba una intolerable  ruptura me pareció impropio de su inteligencia. Pero mi ánimo estaba tomado más por la pena que por el deseo de aclarar algo que me parecía una injusticia. 
Debo admitir que pasado el tiempo, muchos años después, creí entender que Umberto sabía todo de mí, todo de Luciana; que sabía quizás de antemano lo que nos iba a suceder a ella y a mí, pero que esa noche sabía sobre todo que debía irme, y que ni él, ni nada ni nadie podía ni debía impedir mi partida. 
También creí entender, mucho después, que trató de que comprendiera que cuanto me había sucedido en Capri podía guardarlo en  mi memoria de dos manera posibles: como una pérdida o como un secreto regalo de los dioses.


Cuando nos despedimos, Luciana no dejó de mostrarse tan desolada como yo. Creo haber percibido en sus ojos una inmensa tristeza; en su silencio, una ilimitada soledad. Y si de soledad se trataba, mi sensación de destierro tampoco tenía límite.Al día siguiente viajaría a Roma y luego a Buenos Aires, pero ante Luciana me sentí no sólo fuera del mundo, sino como si tuviera que volver a nacer para quitarme de encima la carga de una ajena melancolía, de un amor ajeno, y hasta de una forma  ajena de belleza.También 
Umberto se despidió emocionadamente. Nos abrazamos, nos besamos a la italiana. Para evitar diálogos le dije que me quedaría un rato solo en el jardín. Lo vi alejarse con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón blanco. Subió por la escalera y desde la primera terraza levantó un brazo y saludó alas sombras. Yo le contesté de igual modo aun sabiendo que no me vería.


La noche era silenciosa, hacía calor, las casa, las villas, los hoteles colgados de las rocas tenían ya sus luces apagadas. Sólo en un extremo del jardín, cerca del estanque, habían quedado encendidas unas antorchas ya mortecinas. 
Me senté en una piedra no lejos del estanque. Recuperar el perfume del jardín fue como volver a sentir un vértigo que, solo, era difícil de tolerar. 
Alguien nadaba en el estanque casi sin mover las aguas. Las luces de las antorchas apenas dejaban ver una forma que se deslizaba suavemente. Vi su pelo oscurecido por el agua, su toros desnudo. Volví a ver en sus ojos una tristeza infinita. 
¿Qué sentido hubiera tenido ir hacia ella,, intentar hablarle? Sentí que estábamos inmensamente lejos: no a dos metros sino a dos mil años de distancia. Como si el aire que nos separaba fuera un formidable bloque no de cristal sino de infranqueable tiempo que impidiera todo intento de acercamiento. Dio un súbito salto en el aire y pude ver las plateadas formas de su cuerpo que se estrechaban al desaparecer para siempre en esas aguas que la devolvían al mar. 
Entonces comprendí, y ese entendimiento fue como una ola que pareció barrerme el alma, que nunca, nunca más volvería a verla sino en la soledad de mi memoria.



Ángel Bonomini, "Todos parecían soñar" cuentos completos. PRE-TEXTOS, 2017
Domenico Porzio, "Leonardo Sciascia, Fuego en el alma", Mondadori,1992

martes, 3 de diciembre de 2019

Navidad 2019



Para remarcar la importancia religiosa para algunos y familiar para muchos de estas fiestas y llenarlas de buenos deseos para todos,ángeles cantores de Domenico Ghirlandaio -maestro de Miguel Ángel- y  versos que escribió Joseph Brodsky en la Navidad de 1989

                      Domenico Ghirlandaio, Adoración de los Magos,1488, témpera/tabla (det.), 


Imagina, encendiendo una cerilla, aquella noche en la cueva:utiliza para sentir el frío las grietas del suelo;para sentir el hambre, la vajilla apilada,y el desierto...el desierto está en todas partes. 
Imagina, encendiendo la cerilla, aquella media noche en la cueva: el fuego, las sombras de los animales o de las cosas, e imagina, con tu cara confundida en los pliegues de la toalla, a María, a José y el hatillo con el niño.



Joseph Brodsky, Poemas de Navidad, Visor

miércoles, 9 de octubre de 2019

Alejo Carpentier realista mágico






Se comienza a  leer Viaje a la semilla y cuesta entrar en la escritura de Alejo Carpentier. No se recordaba así de cuando hace años se leyó El siglo de las Luces y después El recurso del método Concierto Barroco, escritos más de veinte años después.Ahora su estilo -tejido con elementos prehispánicos,coloniales, y aportaciones de las vanguardias europeas, especialmente del surrealismo- e intensificado por la elección  de  palabras,   imágenes,  ritmo...-,  hay que atravesarlo como un muro de densa vegetación  para apreciar la perfección de cada página. 
Carpentier es un autor relevante en la literatura hispanoamericana por sus obras  y porque al plantear las posibilidades de lo real maravilloso  dio una nueva orientación a la narrativa en español.En su prosa se percibe  un sólido bagaje cultural  y una estructura musical, propia del musicólogo que fue y escribió los  inspirados y preciosos artículos que componen "Ese músico que llevo dentro", (Alianza).  
El cuento "Viaje a la semilla" es de 1944, y como indica J.M. Oviedo, se desarrolla como una fuga hacia atrás: 
Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar las seis de la tarde 
                      Wifredo Lam, La silla, 1943



Viaje a la semilla
    

1
-¿Qué quieres viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían -despojados de su secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas. dentículos, astrágalos y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el pelo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. el viejo se había sentado con el callado apuntándole la barba al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en los que bajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedras, sus gorgeos de aves desagradables y pechugonas.

Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se desplomaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el asalto del día siguiente.El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas abiertas sobre un paisaje de escombros.

Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombra suspendidas de sus bisagras desorientadas.

2
-Entonces el negro viejo que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.Los cuadrados de mármol, blancos y negros, volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación. En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas. El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate. Don Marcial, Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida.

3
Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pábilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de las tinieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento,había un sobre con monedas de oro.Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas tierras, árboles, y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello que apretaba su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel.Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar las seis de la tarde.


4
Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por el remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por por escrúpulos presentes, que llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.
Al crepúsculo una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo del la cama, que andaba por el patio murmurando:"¡Desconfía de los ríos,niña; desconfía de lo verde que corre!".No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada sobre vestido traído de París, al regreso del baile  aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.
Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas pedían anillos. Las enredaderas soltaban la primera cornisa. Blanquearon las orejas de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso, Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.

5
Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la oscuridad.
Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas -relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol-.Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas.Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las losas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia,y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos,y, con revuelo de bronces y alardes de jueces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de altas rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.

6

Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media...Era como la percepción remota de otras posibilidades.Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevad, ahora, a la meditación. Y hubo un gran sarao en el salón de  música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia. Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la Campoflorido, se sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía de Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capillanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas cosacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos. La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.
Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de "El Jardín de las Modas". Las puertas se oscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes, para admirarse ante la fiesta de tanto alboroto. Luego se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes dde Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca -así fuera de movida una guaracha- sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.

7

Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.
Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversias y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera.Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto. "León", "Avestruz","Ballena", "Jaguar", leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural.Del mismo modo "Aristóteles", "Santo Tomás","Bacon","Descartes", encabezaban páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiar , encontrándose librado de un gran peso. su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara del invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. el día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categoría de  duende; el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el limo.
Varias veces andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las  mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de la muralla. El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero un día la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada -señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse para hollar el umbral de los perfumes.
Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y  un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echado mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primero.
8
Los muebles  crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran más hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.
Una mañana en que leía un libro licencioso, marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvio a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego. los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de distancia.
-¡Pum!...¡Pum!...¡Pum!...
Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.
Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensado antes. Afectas al terciopelo de los cojines,las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario -como Don Abundio- por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura del hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones -órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.

9

Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda -cuando sólo dos podían comerse los domingos, después de misa-. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce. Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.
Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los "Sí, padre" y los "No, padre" se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa.- Marcial respetaba al marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salía, en las noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones; porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.
El padre era un ser terrible y magnánimo al que debía amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.

10

Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de l as camas, armarios y  vargueños, ocultó a todos un gran secreto. la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.

Carpentier y lo barroco





J.M.Oviedo, Antología crítica del cuento hispanoamericano del siglo XX, Alianza,2017